Versos para olvidar

Versos para Olvidar

Sección a cargo de Pablo Salvatierra

 

 

PREGÓN

 

Nicolás Guillén

 

¡Ah

qué pedazo de SOL,

carne de MANGO!

MELONES de agua,

PLÁTANOS.

 

¡Quencúyere, quencúyere,

quencúyere!

¡Quencúyere, que la casera

salga otra vez!

 

SANGRE DE MAMEY sin venas,

y yo que sin SANGRE estoy;

mamey p’al que quiera SANGRE,

que me voy.

 

Trigueña de carne AMARGA,

ven a ver mi carretón;

carretón de palmas verdes,

carretón;

carretón de cuatro ruedas,

carretón;

carretón de SOL y tierra,

¡carretón!

 

 

 

Guillén, N. (2001). Antología de la poesía cósmica de Nicolás Guillén. Frente de afirmación hispanista A. C. Distrito Federal, México. P. 37.

 

Imagen tomada de http://www.trabajadores.cu/wp-content/uploads/2015/08/0000252879W.jpg


 

 

 

El amor nos ayuda a partir

Tu mano en mi mano hacia Glasnevin*

Lo mejor del camino es el fin

Para mí y para ti sí

Para ti y para mí.

 

*nombre de un famoso cementerio local.

 

 

 

Beckett, S. (2012). Malone muere. Alianza editorial. Madrid, España. P. 126.

 

Imagen tomada de http://23.253.163.107/wp-content/uploads/2014/08/beck.jpg


 

 

 

LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

 

Por César Vallejo

 

Todos han muerto.

 

Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el

burgo.

 

Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes

y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: “Buenos

días, José! Buenos días María!”

 

Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de me-

ses, que luego también murió, a los ocho días de la madre.

 

Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de he-

redad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de

oficio, la honrosísima mujer.

 

Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al

sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.

 

Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no

se sabe quién.

 

Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo

cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.

 

Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi

hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género

triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.

 

Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfea-

ba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dor-

mían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se

fuese.

 

Murió mi eternidad y estoy velándola.

 

 

 

Vallejo, C. (2008). Poemas humanos. Ediciones Laberintos. Lima, Perú. P. 15-16

 

Imagen tomada de http://www.biografiasyvidas.com/biografia/v/fotos/vallejo_cesar_2.jpg


 

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