“Soy poeta, eso es lo que me hace interesante”.

Versos para Olvidar

Maïakovski

 

 

¡Escuchad!

¡Escuchad!

Las estrellas están iluminadas,

¿quiere decir esto

que le son necesarias a alguien,

que alguien desea su existencia,

que alguien está echando

margaritas a los puercos?

Arremetiendo

contra la tormenta y la polvareda,

llegó hasta Dios,

temiendo estar en retraso.

Lloró,

besó su mano nudosa,

imploró-

¡necesitaba una estrella!-

juró que no podía soportar su martirio sin estrellas.

Después

paseó su angustia

fingiendo estar tranquilo.

Le dijo a uno:

«Ahora te sientes mejor, ¿verdad?

¿Ya no lloras?»

¡Escuchad!

Las estrellas están iluminadas-

¿Quiere decir que alguien

las necesita? ¿Quiere decir

que es indispensable

que todas las noches

por encima de los techos

brille al menos una estrella?

 

El poeta es un obrero

Se le ladra al poeta:

«¡Quisiera verte con un torno!

¿Qué, versos?

¿Esas pampalinas?

¡Y cuando llaman al trabajo, te haces el sordo!»

Sin embargo

es posible que nadie

ponga tanto ahínco en la tarea

como nosotros.

Yo mismo soy una fábrica.

Y si bien me faltan chimeneas,

esto quiere decir

que más coraje me cuesta serlo.

Sé muy bien

que no gustáis de frases vacías.

Cuando aserráis la madera, es para hacer leños.

Pero nosotros

que somos sino ebanistas

que trabajan el leño de la cabeza humana.

Por supuesto

que pescar es cosa respetable.

Echar las redes.

¿Quién sabe? ¡Tal vez un esturión!

Pero el trabajo del poeta es más beneficioso:

la pesca de hombres vivos, esto es lo mejor.

Enorme, ardiente es el trabajo en los altos hornos,

donde se forma el hierro chisporroteante.

¿Pero quién

se atrevería a llamarnos holgazanes?

Nosotros bruñimos las mentes con áspera lengua.

¿Quién es más aquí?

¿El poeta o el técnico

que procura a los hombres

tantas viejas prácticas?

Los dos.

Los corazones también son motores.

El alma es también fuerza motriz.

Somos iguales.

Camaradas de la clase trabajadora.

Proletarios del cuerpo y del espíritu.

Solamente unidos

solamente juntos podremos engalanar el universo,

acelerar el ritmo de su marcha.

Ante una oleada de palabras, levantemos un dique.

¡Manos a la obra!

¡Al trabajo, nuevo y vivo!

Y a los que discursean

que se les mande al molino.

¡Para que el agua de sus discursos haga girar sus aspas!

 

Orden n.° 2 al Ejército del Arte

A vosotros-

barítonos bien nutridos-

que de Adán

a nuestros días

conmovéis los antros llamados teatros

con suspiros de Romeos y Julietas.

 

A vosotros-

pintores,

pesados como caballos,

ornato tragón y relinchante de Rusia,

agazapados en los talleres,

seguid pintarrajeando

florecillas y desnudos.

 

A vosotros-

ocultos a la sombra de hojitas místicas,

frentes surcadas de arrugas

futuristillos,

imaginistillos,

akmeistillos,

enredados en las telarañas de las rimas.

 

A vosotros-

que cambiasteis el peinado liso

por hirsutas melenas,

los zapatos charolados por zuecos,

proletcultillos,

que remendáis

el gastado frac de Puschkin.

 

A vosotros-

bailarines, trompetistas,

que traicionáis a ojos vista

y pecáis a hurtadillas,

que imagináis el futuro

como una enorme ración de académico.

A vosotros,

yo-

genial o no genial,

que he dejado las trivialidades

y que he trabajado en la Rosta,

os digo

antes de que os echen a culatazos:

¡Acabadla!

 

¡Acabadla!

Olvidad,

escupid

en las rimas,

en las arias,

en el rosal,

y en las demás soserías

del arsenal de las artes.

¿A quién interesa

que «Ay, pobrecito,

cómo amaba

y que desgraciado fue…»?

Ahora

necesitamos artesanos,

no predicadores melenudos.

¡Escuchad!

Gimen las locomotoras,

el viento entra por las rendijas:

«¡Dadnos el carbón del Don!

Montadores

y mecánicos, ¡al depósito!»

 

En cada afluencia de los ríos

con un boquete en el costado:

los barcos atronaron en las dársenas:

«¡Dadnos petróleo de Bakú!»

 

Mientras gastamos nuestra energía

en inútiles discusiones, en busca

de un sentido oculto,

un inmenso clamor sacude las cosas:

«¡Dadnos formas nuevas!»

Ya no hay imbéciles

que esperan con la boca abierta

la palabra del «maestro».

Camaradas,

dad un arte nuevo,

un arte

que saque a la República del fango.

 

Maïakovski, V. (1998). Conversaciones con el inspector fiscal y otros poemas. Ediciones 29. Barcelona, España.

¡Escuchad!, página 21.

El poeta es un obrero, página 35.

Orden n.° 2 al Ejército del Arte, página 65.

 

*Imagen obtenida de http://www.espritsnomades.com/sitelitterature/mayaimages/maya5.jpg

 

 

 

 

 

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