Plumas invitadas

Diálogo

 

Zygmunt Bauman (1915-2017): “El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú”.

***

Imagen tomada de: https://www.google.com/search?q

Plumas invitadas

Noam Chomsky:

El trabajo académico, el asalto neoliberal

a las universidades y cómo debería ser la educación

 

nc

 

 

Eso es parte del modelo de negocio. Es lo mismo que la contratación de temporales en la industria o lo que los de Wall Mart llaman “asociados”, empleados sin derechos sociales ni cobertura sanitaria o de desempleo, a fin de reducir costes laborales e incrementar el servilismo laboral. Cuando las universidades se convierten en empresas, como ha venido ocurriendo harto sistemáticamente durante la última generación como parte de un asalto neoliberal general a la población, su modelo de negocio entraña que lo que importa es la línea de base. Los propietarios efectivos son los fiduciarios (o la legislatura, en el caso de las universidades públicas de los estados federados), y lo que quieren mantener los costos bajos y asegurarse de que el personal laboral es dócil y obediente. Y en substancia, la formas de hacer eso son los temporales. Así como la contratación de trabajadores temporales se ha disparado en el período neoliberal, en la universidad estamos asistiendo al mismo fenómeno. La idea es dividir a la sociedad en dos grupos. A uno de los grupos se le llama a veces “plutonomía” (un palabro usado por Citibank cuando hacía publicidad entre sus inversores sobre la mejor forma de invertir fondos), el sector en la cúspide de una riqueza global pero concentrada sobre todo en sitios como los EEUU. El otro grupo, el resto de la población, es un “precariado”, gentes que viven una existencia precaria.

Esa idea asoma de vez en cuando de forma abierta. Así, por ejemplo, cuando Alan Greenspan testificó ante el Congreso en 1997 sobre las maravillas de la economía que estaba dirigiendo, dijo redondamente que una de las bases de su éxito económico era que estaba imponiendo lo que él mismo llamó “una mayor inseguridad en los trabajadores”. Si los trabajadores están más inseguros, eso es muy “sano” para la sociedad, porque si los trabajadores están inseguros, no exigirán aumentos salariales, no irán a la huelga, no reclamarán derechos sociales: servirán a sus amos tan donosa como pasivamente. Y eso es óptimo para la salud económica de las grandes empresas. En su día, a todo el mundo le pareció muy razonable el comentario de Greenspan, a juzgar por la falta de reacciones y los aplausos registrados. Bueno, pues transfieran eso a las universidades: ¿cómo conseguir una mayor “inseguridad” de los trabajadores? Esencialmente, no garantizándoles el empleo, manteniendo a la gente pendiente de un hilo que puede cortarse en cualquier momento, de manera que mejor que estén con la boca cerrada, acepten salarios ínfimos y hagan su trabajo; y si por ventura se les permite servir bajo tan miserables condiciones durante un año más, que se den con un canto en los dientes y no pidan más. Esa es la manera como se consiguen sociedades eficientes y sanas desde el punto de vista de las empresas. Y en la medida en que las universidades avanzan por la vía de un modelo de negocio empresarial, la precariedad es exactamente lo que se impone. Y más que veremos en lo venidero.

Ese es un aspecto, pero otros aspectos que resultan también harto familiares en la industria privada: señaladamente, el aumento de estratos administrativos y burocráticos. Si tienes que controlar la gente, tienes que disponer de una fuerza administrativa que lo haga. Así, en la industria norteamericana más que en cualquier otra parte, se acumula estrato ad administrativo tras estrato administrativo: una suerte de despilfarro económico, pero útil para el control y la dominación. Y lo mismo vale para las universidades. En los pasados 30 0 40 años se ha registrado un aumento drástico en la proporción del personal administrativo en relación el profesorado y los estudiantes de las facultades: profesorado y estudiantes han mantenido la proporción entre ellos, pero la proporción de administrativos se ha disparado. Un conocido sociólogo, Benjamin Ginsberg, ha escrito un muy buen libro titulado The Fall of the Faculty: The Rise of the All-Administrative University and Why It Matters (Oxford University Press, 2011), en el que se describe con detalle el estilo empresarial de administración y niveles burocráticos multiplicados. Ni que decir tiene, con administradores profesionales más que bien pagados: los decanos, por ejemplo, que antes solían miembros de la facultad que dejaban la labor docente para servir como gestores con la idea de reintegrarse a la facultad al cabo de unos años. Ahora son todos profesionales, que tienen que contratar a vicedecanos, secretarios, etc., etc., toda la proliferación de estructura que va con los administradores. Todo eso es otro aspecto del modelo empresarial.

Pero servirse de trabajo barato –y vulnerable— es una práctica de negocio que se remonta a los inicios mismos de la empresa privada, y los sindicatos nacieron respondiendo a eso. En las universidades, trabajo barato, vulnerable, significa ayudantes y estudiantes graduados. Los estudiantes graduados son todavía más vulnerables, huelga decirlo, La idea es transferir la instrucción a trabajadores precarios, lo que mejora la disciplina y el control, pero también permite la transferencia de fondos a otros fines muy distintos de la educación. Los costos, claro está, los pagan los estudiantes y las gentes que se ven arrastradas a esos puestos de trabajo vulnerables. Pero es un rasgo típico de una sociedad dirigida por la mentalidad empresarial transferir los costos a la gente. Los economistas cooperan tácitamente en eso. Así, por ejemplo, imaginen que descubren un error en su cuenta corriente y llaman al banco para tratar de enmendarlo. Bueno, ya saben ustedes lo que pasa. Usted les llama por teléfono, y le sale un contestador automático con un mensaje grabado que le dice: “Le queremos mucho, y ahí tiene un menú”. Tal vez le menú ofrecido contiene lo que usted busca, tal vez no. Si acierta a elegir la opción ofrecida correcta, lo que escucha a continuación es una musiquita, y de rato en rato una voz que le dice: “Por favor, no se retire, estamos encantados de servirle”, y así por el estilo. Al final, transcurrido un buen tiempo, una voz humana a la que poder plantearle una breve cuestión. A eso los economistas le llaman “eficiencia”. Con medidas económicas, ese sistema reduce los costos laborales del banco; huelga decir que le carga los costos a usted, y esos costos han de multiplicarse por el número de usuarios, que puede ser enorme: pero eso no cuenta como coste en el cálculo económico. Y si miran ustedes cómo funciona la sociedad, encuentran eso por doquiera. Del mismo modo, la universidad impone costos a los estudiantes y a un personal docente que, además e tenerlo apartado de la carrera académica, se le mantiene en una condición que garantiza un porvenir sin seguridad. Todo eso resulta perfectamente natural en los modelos de negocio empresariales. Es nefasto para la educación, pero su objetivo no es la educación.

En efecto, si echamos una mirada más retrospectiva, la cosa se revela más profunda todavía. Cuando todo esto empezó, a comienzos de los 70, suscitaba mucha preocupación en todo el espectro político establecido el activismo de los 60, comúnmente conocidos como “la época de los líos”. Fue una “época de líos” porque el país se estaba civilizando [con las luchas por los derechos civiles], y eso siempre es peligroso. La gente se estaba politizando y se comprometía con la conquista de derechos para los grupos llamados “de intereses especiales”: las mujeres, los trabajadores, los campesinos, los jóvenes, los viejos, etc. Eso llevó a una grave reacción, conducida de forma prácticamente abierta. En el lado de la izquierda liberal del establishment, tenemos un libro llamado The Crisis of Democracy: Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission, compilado por Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki (New York University Press, 1975) y patrocinado por la Comisión Trilateral una organización de liberales internacionalistas. Casi toda la administración Carter se reclutó entre sus filas. Estaban preocupados por lo que ellos llamaban la “crisis de la democracia” y que no dimanaba de otra cosa del exceso de democracia. En los 60 la población –los “intereses especiales” mencionados— presionaba para conquistar derechos dentro de la arena política, lo que se traducía en demasiada presión sobre el Estado: no podía ser. Había un interés especial que dejaban de lado, y es a saber: el del sector granempresarial; porque sus intereses coinciden con el “interés nacional”. Se supone que el sector graempresarial controla al Estado, de modo que no hay ni que hablar de sus intereses. Pero los “intereses especiales” causaban problemas, y estos caballeros llegaron a la conclusión de que “tenemos que tener más moderación en la democracia”: el público tenía que volver a ser pasivo y regresar a la apatía. De particular preocupación les resultaban las escuelas y las universidades, que, decían, no cumplían bien su tarea de “adoctrinar a los jóvenes” convenientemente: el activismo estudiantil –el movimiento de derechos civiles, el movimiento antibelicista, el movimiento feminista, los movimientos ambientalistas— probaba que los jóvenes no estaban correctamente adoctrinados.

Bien, ¿cómo adoctrinar a los jóvenes? Hay más de una forma. Una forma es cargarlos con deudas desesperadamente pesadas para sufragar sus estudios. La deuda es una trampa, especialmente la deuda estudiantil, que es enorme, mucho más grande que el volumen de deuda acumulada en las tarjetas de crédito. Es una trampa para el resto de su vida porque las leyes están diseñadas para que no puedan salir de ella. Si, digamos, una empresa incurre en demasiada deuda, puede declararse en quiebra. Pero si los estudiantes suspenden pagos, nunca podrán conseguir una tarjeta de la seguridad social. Es una técnica de disciplinamiento. No digo yo que eso se hiciera así con tal propósito, pero desde luego tiene ese efecto. Y resulta harto difícil de defender en términos económicos. Miren ustedes un poco lo que pasa por el mundo: la educación superior es en casi todas partes gratuita. En los países con los mejores niveles educativos, Finlandia (que anda en cabeza), pongamos por caso, la educación superior es pública y gratuita. Y en un país rico y exitoso como Alemania es pública y gratuita. En México, un país pobre que, sin embargo, tiene niveles de educación muy decentes si atendemos a las dificultades económicas a las que se enfrenta, es pública y gratuita. Pero miren lo que pasa en los EEUU: si nos remontamos a los 40 y los 50, la educación superior se acercaba mucho a la gratuidad. La Ley GI ofreció educación superior gratuita a una gran cantidad de gente que jamás habría podido acceder a la universidad. Fue muy bueno para ellos y fue muy bueno para la economía y para la sociedad; fue parte de las causas que explican la elevada tasa de crecimiento económico. Incluso en las entidades privadas, la educación llegó a ser prácticamente gratuita. Yo, por ejemplo: entré en la facultad en 1945, en una universidad de la Ivy League, la Universidad de Pensilvania, y la matrícula costaba 100 dólares. Eso serían unos 800 dólares de hoy. Y era muy fácil acceder a una beca, de modo que podías vivir en casa, trabajar e ir a la facultad, sin que te costara nada. Lo que ahora ocurre es ultrajante. Tengo nietos en la universidad que tienen que pagar la matrícula y trabajar, y es casi imposible. Para los estudiantes, eso es una técnica disciplinaria.

Y otra técnica de adoctrinamiento es cortar el contacto de los estudiantes con el personal docente: clases grandes, profesores temporales que, sobrecargados de tareas, apenas pueden vivir con un salario de ayudantes. Y puesto que no tienes seguridad en el puesto de trabajo, no puedes construir una carrera, no puedes irte a otro sitio y conseguir más. Todas esas son técnicas de disciplinamiento, de adoctrinamiento y de control. Y es muy similar a lo que uno espera que ocurra en una fábrica, en la que los trabajadores fabriles han de ser disciplinados, han de ser obedientes; y se supone que no deben desempeñar ningún papel en, digamos, la organización de la producción o en la determinación del funcionamiento de la planta de trabajo: eso es cosa de los ejecutivos. Esto se transfiere ahora a las universidades. Y yo creo que nadie que tenga algo de experiencia en la empresa privada y en la industria debería sorprenderse; así trabajan.

Sobre cómo debería ser la educación superior

Para empezar, deberíamos desechar toda idea de que alguna vez hubo una “edad de oro”. Las cosas eran distintas, y en ciertos sentidos, mejores en el pasado, pero distaban mucho de ser perfectas. Las universidades tradicionales eran, por ejemplo, extremadamente jerárquicas, con muy poca participación democrática en la toma de decisiones. Una parte del activismo de los 60 consistió en el intento de democratizar las universidades, de incorporar, digamos, a representantes estudiantiles a las juntas de facultad, de animar al personal no docente a participar. Esos esfuerzos se hicieron por iniciativa de los estudiantes, y no dejaron de tener cierto éxito. La mayoría de universidades disfrutan ahora de algún grado de participación estudiantil en las decisiones de las facultades. Y yo creo que ese es el tipo de cosas que deberíamos ahora seguir promoviendo: una institución democrática en la que la gente que está en la institución, cualquiera que sea (profesores ordinarios, estudiantes, personal no docente) participan en la determinación de la naturaleza de la institución y de su funcionamiento; y lo mismo vale para las fábricas.

No son estas ideas de izquierda radical, por cierto. Proceden directamente del liberalismo clásico. Si leéis, por ejemplo, a John Stuart Mill, una figura capital de la tradición liberal clásica, verán que daba por descontado que los puestos de trabajo tenían que ser gestionados y controlados por la gente que trabajaba en ellos: eso es libertad y democracia (véase, por ejemplo, John Stuart Mill, Principles of Political Economy, book 4, ch. 7). Vemos las mismas ideas en los EEUU. En los Caballeros del Trabajo, pongamos por caso: uno de los objetivos declaradis de esta organización era “instituir organizaciones cooperativas que tiendan a superar el sistema salarial introduciendo un sistema industrial cooperativo” (véase la “Founding Ceremony” para las nuevas asociaciones locales). O piénsese en alguien como John Dewey, un filósofo social de la corriente principal del siglo XX, quien no sólo abogó por una educación encaminada a la independencia creativa, sino también por el control obrero en la industria, lo que él llamaba “democracia industrial”. Decía que hasta tanto las instituciones cruciales de la sociedad –producción, comercio, transporte, medios de comunicación— no estén bajo control democrático, la “política [será] la sombra proyectada en el conjunto de la sociedad por la gran empresa” (John Dewey, “The Need for a New Party” [1931]). Esta idea es casi elemental, y echa raíces profundas en la historia norteamericana y en el liberalismo clásico; debería constituir una suerte de segunda naturaleza de la gente, y debería valer igualmente para las universidades. Hay ciertas decisiones en una universidad donde no puedes querer transparencia democrática porque tienes que preservar la privacidad estudiantil, pongamos por caso, y hay varios tipos de asuntos sensibles, pero en el grueso de la actividad universitaria normal no hay razón para no considerar la participación directa como algo, no ya legítimo, sino útil. En mi departamento, por ejemplo, hemos tenido durante 40 años representantes estudiantiles que proporcionaban una valiosa ayuda con su participación en las reuniones de departamento.

Sobre la “gobernanza compartida” y el control obrero

La universidad es probablemente la institución social que más se acerca en nuestra sociedad al control obrero democrático. Dentro de un departamento, por ejemplo, es bastante normal que al menos para los profesores ordinarios tenga capacidad para determinar una parte substancial de las tareas que conforman su trabajo: qué van a enseñar, cuando van a dar las clases, cuál será el programa. Y el grueso de las decisiones sobre el trabajo efectuado en la facultad caen en buena medida bajo el control del profesorado ordinario. Ahora, ni que decir tiene, hay un nivel administrativo superior al que no puedes ni eludir ni controlar. La facultad puede recomendar a alguien para ser profesor titular, pongamos por caso, y estrellarse contra el criterio de los decanos o del rector, o incluso de los patronos o de los legisladores. No es que ocurra muy a menudo, pero puede ocurrir y ocurre. Y eso es parte de la estructura de fondo que, aun cuando siempre ha existido, era un problema menor en los tiempos en que la administración salía elegida por la facultad y era en principio revocable por la facultad. En un sistema representativo, necesitas tener a alguien haciendo labores administrativas, pero tiene que poder ser revocable, sometido como está a la autoridad de las gentes a las que administra. Eso es cada vez menos verdad. Hay más y más administradores profesionales, estrato sobre estrato, con más y más posiciones cada vez más remotas del control de las facultades. Me referí antes a The Fall of the Faculty de Benjamin Ginsberg, un libro que entra en un montón de detalles sobre el funcionamiento de varias universidades a las que sometió a puntilloso escrutinio: Johns Hopkins, Cornell y muchas otras.

El profesorado universitario ha venido siendo más y más reducido a la categoría de trabajadores temporales a los que se asegura una precaria existencia sin acceso a la carrera académica. Tengo conocidos que son, en efecto, lectores permanente; no han logrado el estatus de profesores ordinarios; tienen que concursar cada año para poder ser contratados otra vez. No deberían ocurrir estas cosas, no deberíamos permitirlo. Y en el caso de los ayudantes, la cosa se ha institucionalizado: no se les permite ser miembros del aparato de toma de decisiones y se les excluye de la seguridad en el puesto de trabajo, lo que no sirve sino para amplificar el problema. Yo creo que el personal no docente debería ser integrado también en la toma de decisiones, porque también forman parte de la universidad. Así que hay un montón que hacer, pero creo que se puede entender fácilmente por qué se desarrollan esas tendencias. Son parte de la imposición del modelo de negocios en todos y cada uno de los aspectos de la vida. Esa es la ideología neoliberal bajo la que el grueso del mundo ha estado viviendo en los últimos 40 años. Es muy dañina para la gente, y ha habido resistencias a ella. Y es digno de mención el que al menos dos partes del mundo han logrado en cierta medida escapar de ella: el Este asiático, que nunca la aceptó realmente, y la América del Sur de los últimos 15 años.

Sobre la pretendida necesidad de “flexibilidad”

“Flexibilidad” es una palabra muy familiar para los trabajadores industriales. Parte de la llamada “reforma laboral” consiste en hacer más “flexible” el trabajo, en facilitar la contratación y el despido de la gente. También esto es un modo de asegurar la maximización del beneficio y el control. Se supone que la “flexibilidad” es una buena cosa, igual que la “mayor inseguridad de los trabajadores”. Dejando ahora de lado la industria, para la que vale lo mismo, en las universidades eso carece de toda justificación. Pongamos un caso en el que se registra submatriculación en algún sitio. No es un gran problema. Una de mis hijas enseña en una universidad; la otra noche me llamó y me contó que su carga lectiva cambiaba porque uno de los cursos ofrecidos había registrado menos matrículas de las previstas. De acuerdo, el mundo no se acabará, se limitaron a reestructurar el plan docente: enseñas otro curso, o una sección extra, o algo por el estilo. No hay que echar a la gente o hacer inseguro su puesto de trabajo a causa de la variación del número de matriculados en los cursos. Hay mil formas de ajustarse a esa variación. La idea de que el trabajo debe someterse a las condiciones de la “flexibilidad” no es sino otra técnica corriente de control y dominación. ¿Por qué no hablan de despedir a los administradores si no hay nada para ellos este semestre? O a los patronos: ¿para qué sirven? La situación es la misma para los altos ejecutivos de la industria; si el trabajo tiene que ser flexible, ¿por qué no la gestión ejecutiva? El grueso de los altos ejecutivos son harto inútiles y aun dañinos, así que ¡librémonos de ellos! Y así indefinidamente. Sólo para comentar noticias de estos últimos días, pongamos el caso de Jamie Dimon, el presidente del consejo de administración del banco JP Morgan Chase: acaba de recibir un substancial incremento en sus emolumentos, casi el doble de su paga habitual, en agradecimiento por haber salvado al banco de las acusaciones penales que habrían mandado a la cárcel a sus altos ejecutivos: todo quedó en multas por un monto de 20 mil millones de dólares por actividades delictivas probadas. Bien, podemos imaginar que librar de alguien así podría ser útil para la economía. Pero no se habla de eso cuando se habla de ”reforma laboral”. Se habla de gente trabajadora que tiene que sufrir, y tiene que sufrir por inseguridad, por no saber de donde sacarán el pan mañana: así se les disciplina y se les hace obedientes para que no cuestionen nada ni exijan sus derechos. Esa es la forma de operar de los sistemas tiránicos. Y el mundo de los negocios es un sistema tiránico. Cuando se impone a las universidades, te das cuenta de que refleja las mismas ideas. No debería ser un secreto.

Sobre el propósito de la educación

Se trata de debates que se retrotraen a la Ilustración, cuando se plantearon realmente las cuestiones de la educación superior y de la educación de masas, no sólo la educación para el clero y la aristocracia. Y hubo básicamente dos modelos en discusión en los siglos XVIII y XIX. Se discutieron con energía harto evocativa. Una imagen de la educación era la de un vaso que se llena, digamos, de agua. Es lo que ahora llamamos “enseñar para el examen”: viertes agua en el vaso y luego el vaso devuelve el agua. Pero es un vaso bastante agujereado, como todos hemos tenido ocasión de experimentar en la escuela: memorizas algo en lo que no tienes mucho interés para poder pasar un examen, y al cabo de una semana has olvidado de qué iba el curso. El modelo de vaso ahora se llama “ningún niño a la zaga”, “enseñar para el examen”, “carrera a la cumbre”, y cosas por el estilo en las distintas universidades. Los pensadores de la Ilustración se opusieron a ese modelo.

El otro modelo se describía como lanzar una cuerda por la que el estudiante pueda ir progresando a su manera y por propia iniciativa, tal vez sacudiendo la cuerda, tal vez decidiendo ir a otro sitio, tal vez planteando cuestiones. Lanzar la cuerda significa imponer cierto tipo de estructura. Así, un programa educativo, cualquiera que sea, un curso de física o de algo, no funciona como funciona cualquier otra cosa; tiene cierta estructura. Pero su objetivo consiste en que el estudiante adquiera la capacidad para inquirir, para crear, para innovar, para desafiar: eso es la educación. Un físico mundialmente célebre cuando, en sus cursos para primero de carrera, se le preguntaba “¿qué parte del programa cubriremos este semestre?”, contestaba: “no importa lo que cubramos, lo que importa es lo que descubráis vosotros”. Tenéis que ganar la capacidad y la autoconfianza en esta asignatura para desafiar y crear e innovar, y así aprenderéis; así haréis vuestro el material y seguir adelante. No es cosa de acumular una serie fijada de hechos que luego podáis soltar por escrito en un examen para olvidarlos al día siguiente.

Son dos modelos radicalmente distintos de educación. El ideal de la Ilustración era el segundo, y yo creo que el ideal al que deberíamos aspirar. En eso consiste la educación de verdad, desde el jardín de infancia hasta la universidad. Lo cierto es que hay programas de ese tipo para los jardines de infancia, y bastante buenos.

Sobre el amor a la docencia

Queremos, desde luego, gente, profesores y estudiantes, comprometidos en actividades que resulten satisfactorias, disfrutables, actividades que sean desafíos, que resulten apasionantes. Yo no creo que eso sea tan difícil. Hasta los niños pequeños son creativos, inquisitivos, quieren saber cosas, quieren entenderlas, y a no ser que te saquen eso a la fuerza de la cabeza, el anhelo perdura de por vida. Si tienes oportunidades para desarrollar esos compromisos y preocuparte por esas cosas, son las más satisfactorias de la vida. Y eso vale lo mismo para el investigador en física que para el carpintero; toenes que intentar crear algo valioso, lidiar con problemas difíciles y resolverlos. Yo creo que que eso es lo que hace del trabajo el tipo de actividad que quieres hacer; y la haces aun cuando no estés obligado a hacerla. En una universidad que funcione razonablemente, encontrarás gente que trabaja todo el tiempo porque les gusta lo que hacen; es lo que quieren hacer; se les ha dado la oportunidad, tienen los recursos, se les ha animado a ser libres e independientes y creativos: ¿qué mejor que eso? Y eso también puede hacerse en cualquier nivel.

Vale la pena reflexionar un poco sobre algunos de los programas educativos imaginativos y creativos que se desarrollan en los distintos niveles. Así, por ejemplo, el otro día alguien me contaba de un programa que usa en las facultades, un programa de ciencia en el que se plantea a los estudiantes una interesante cuestión: “¿Cómo puede ser que un mosquito vuela bajo la lluvia?” Difícil cuestión, cuando se piensa un poco en ella. Si algo impactara en un ser humano con la fuerza de una gota de agua que alcanza a un mosquito, lo abatiría inmediatamente. ¿Cómo puede, pues, el mosquito evitar el aplastamiento inmediato? ¿Cómo puede seguir volando? Si quieres seguir dándole vueltas a este asunto –dificilísimo asunto—, tienes que hacer incursiones en las matemáticas, en la física y en la biología y plantearte cuestiones lo suficientemente difíciles como para verlas como un desafío que despierta la necesidad de responderlas.

Eso es lo que debería ser la educación en todos los niveles, desde el jardín de infancia. Hay programas para jardines de infancia en los que se da a cada niño, por ejemplo, una colección de pequeñas piezas: guijarros, conchas, semillas y cosas por el estilo. Se propone entonces a la clase la tarea de descubrir cuáles son las semillas. Empieza con lo que llaman una “conferencia científica”: los nenes hablan entre sí y tratan de imaginarse cuáles son semillas. Y, claro, hay algún maestro que orienta, pero la idea es dejar que los niños vayan pensando. Luego de un rato, intentan varios experimentos tendentes a averiguar cuáles son las semillas. Se le da a cada niño una lupa y, con ayuda del maestro, rompe una semilla y mira dentro y encuentra el embrión que hace crecer a la semilla. Esos niños aprenden realmente algo: no sólo algo sobre las semillas y sobre lo que las hace crecer; también aprenden algo sobre los procesos de descubrimiento. Aprenden a gozar con el descubrimiento y la creación, y eso es lo que te permitirá comportarte de manera independiente fuera del aula, fuera del curso.

Lo mismo vale para toda la educación, hasta la universidad. En un seminario universitario razonable, no esperas que los estudiantes tomen apuntes literales y repitan todo lo que tu digas; lo que esperas es que te digan si te equivocas, o que vengan con nuevas ideas desafiantes, que abran caminos que no habían sido pensados antes. Eso es lo que es la educación en todos los niveles. No consiste en instilar información en la cabeza de alguien que luego la recitará, sino que consiste en capacitar a la gente para que lleguen a ser personas creativas e independientes y puedan encontrar gusto en el descubrimiento y la creación y la creatividad a cualquier nivel o en cualesquiera dominios a los que les lleven sus intereses.

Sobre el uso de la retórica empresarial contra el asalto empresarial a la universidad

Eso es como plantearse la tarea de justificar ante el propietario de esclavos que nadie debería ser esclavo. Estáis aquí en un nivel de la indagación moral en el que resulta harto difícil encontrar respuestas. Somos seres humanos con derechos humanos. Es bueno para el individuo, es bueno para la sociedad y hasta es bueno para la economía en sentido estrecho el que la gente sea creativa e independiente y libre. Todo el mundo sale ganando de que la gente sea capaz de participar, de controlar sus destinos, de trabajar con otros: puede que eso no maximice los beneficios ni la dominación, pero ¿por qué tendríamos que preocuparnos de esos valores?

Un consejo a las organizaciones sindicales de los profesores precarios

Ya sabéis mejor que yo lo que hay que hacer, el tipo de problemas a los que os enfrentáis. Seguid adelante y haced lo que tengáis que hacer. No os dejéis intimidar, no os amedrentéis, y reconoced que el futuro puede estar en nuestras manos si queremos que lo esté.

Plumas invitadas

La primera docente con síndrome de Down

de Argentina, da clases en Córdoba

Noelia Garella se convirtió a los 31 años en la primera maestra jardinera del país con síndrome de Down. Terminó el profesorado de educación especial en 2007 y cinco años después obtuvo su primer trabajo. Ahora se cambió a un jardín que está más cerca de su casa cordobesa.

“Nunca me imaginé haciendo otra cosa: adoro a los chicos”, le dijo Noelia en una entrevista a Para Ti.

Sus padres fueron los primeros en entender que su hija podía seguir sus sueños y concretarlos. Decidieron mandarla a una escuela común y la apoyaron en cada una de sus decisiones.

“Como familia optamos por la inclusión y la igualdad de oportunidades”, dice su mamá, Mercedes.  

Su trabajo

 Los martes, miércoles y jueves de 9 de la mañana a 2 de la tarde Noelia está a cargo de la sala de nenes de menos de 2 años en el Jardín Maternal Jeromito. La directora de la escuela, Susana Zerdan remarca los aspectos positivos de tener a Noelia como integrante del cuerpo docente.

“Su inclusión entre mis colaboradores es una experiencia única. Está a cargo de los nenes de la salita de un año, y atiende a los chicos como cualquiera de las otras maestra.

Les canta canciones, les da la leche y los acompaña para que se duerman. Noelia es especial, no por su síndrome, sino porque en sí es una persona única. Tiene todas las características que debe tener un docente: es cariñosa, expresiva y con una capacidad amorosa única”.

Referencia bibliográfica

Recuperado, 15 de agosto de 2016: http://www.parati.com.ar/lo-nuevo/actualidad/la-primera-docente-con-sindrome-de-down-del-pais-da-clases-en-cordoba/16738.html?platform=hootsuite

 

Plumas invitadas

“Hombres de papel”, poca ficción y demasiadas mentiras

Por: Ariel Batres Villagrán

A lo largo del siglo XX algunos autores criticaron la obra literaria y los actos que Asturias realizó como hombre público, pero lo hicieron en forma respetuosa. Hubo otros que como no podían llegar a ser como él, dieron en cuestionar su alcoholismo de juventud en París y de los años antes de la Revolución de 1944 y era lógico que así lo hicieran, pues qué podían decir o cuestionar de su calidad literaria, ellos que eran unos cangrejos.

Eso es lo que ocurre con la “novela” de Oswaldo Salazar. Sabedor que nunca obtendrá un Premio Nobel de Literatura, ni siquiera el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”, se encarga de urdir una serie de mentiras sobre la vida personal no solo de Asturias sino también la de sus hijos Rodrigo y Miguel Ángel, pasando sobre la memoria de la primera esposa del Nobel, Clemencia Amado. Qué razones ocultas tuvo para llamarle novela o ficción a su libelo, solo él las sabe, pero lo que debe conocer el lector es que no está frente a una obra literaria sino ante un pasquín cargado de mentiras, que se esconde detrás de la libertad de expresión y de eso que él llama ficción, donde solo los nombres de los personajes son reales en tanto que el resto… una historia urdida en la mente calenturienta de Salazar.

La carta que aparece en capítulo 1 es obvio que no fue escrita por Asturias, por lo menos eso lo aclaró el autor en la presentación pública de su novela el pasado 20 de abril, aunque no dijo que era mentira lo que ahí dice sobre don Ernesto Asturias, padre del Nobel, llamándole “mendigo político” porque supuestamente obtuvo una finca en Salamá quitándosela a los indígenas del lugar, a cambio de sus servicios como oreja del dictador Manuel Estrada Cabrera, y por ende, en capítulo 12, argüir que lo del “exilio” de don Ernesto, su esposa e hijos en dicho lugar fue solo para guardar las apariencias, para que los muchachos no se enteraran que la había obtenido de mala forma. Qué absurda “ficción”, cuando todos sabemos que la finca era propiedad del abuelo materno de Asturias y que el exilio interno sí ocurrió, porque don Ernesto estaba siendo perseguido por el dictador.

Igual ocurre en el capítulo 2, donde Salazar desdibuja la relación entre Asturias y sus dos hijos, presentándola como desacuerdos de familia, la rebeldía de Rodrigo contra el padre y el rencor que tenía contra su hermano Miguel por creerlo el hijo preferido a quien su padre le dedicó los cuentos del Cuyito.

El capítulo 3, es una bazofia, un asco, por lo que cuenta de que Asturias anduvo en amoríos con un hombre cuando vivió en París, y encima de eso que lo reitere en capítulos posteriores. ¿Cuál es el fin de esto? ¿Obtener cinco minutos de fama a costa de la vida de Asturias? Un enano intelectual a la par de Asturias solo eso puede lograr. Cierto es que cada uno puede interpretar la novela de Salazar como quiera y que cuestionar lo que dijo en capítulo 3 sobre la supuesta homosexualidad de Asturias, es normal que alguien lo defienda pues lo hará según él con fuerte carga emocional, pero que así tuvo que haber sido (ja, ja), pues si no cómo se explica que haya escrito Mulata de tal, donde el personaje solo podía hacer el amor por atrás. Ja, ja, otra vez, pues decir esto es salirse de la tangente por parte de Salazar, para evitar –escondido tras la supuesta ficción– una demanda legal por la serie de embustes que presenta.

Igual ocurre respecto a lo que dice en capítulo 4 sobre la madre de Asturias, doña Clemencia, haciéndola una paranoica internada en un hospital psiquiátrico en el DF de México, a donde supuestamente la llega a buscar su hijo Rodrigo basado en información que recibió en una carta de marzo de 1964 de Alfonso Enrique Barrientos; como no la encuentra, el lector podría asumir que murió en tal año. En capítulos posteriores, la hace aparecer como alcohólica y que dejó a su esposo en 1946 por irse con otro, un amigo de él (cap. 7). Otra bazofia más en la novela; una cosa es la ficción y otras las mentiras, pues en 1964 ella estaba viva, regresó a Guatemala en 1966 y falleció en  enero de 1979. La burda mentira sobre las razones del divorcio entre la pareja es un asunto que no le interesa a nadie y no había por qué inventar que fue por alcoholismo e infidelidad de ella, por malos tratos y borracheras de él, y mucho menos hacerla morir en 1964, toda vez que cualquier lector, sobre todo los jóvenes, podría creer que así fue.

A lo largo de la novela hay otra serie de mentiras y difamaciones sobre Miguel Ángel Asturias y sus hijos Rodrigo y Miguel Ángel, que por razones de espacio no procede comentar. Pero sí debe advertirse que en capítulo 12 figuran supuestas entrevistas con autores y personajes que conocieron a Asturias y Rodrigo, e incluso hay también supuestas declaraciones de su segundo hijo, donde podría dar la impresión que estaba internado como paciente con problemas mentales, pues la rotula como “Miguel Ángel Asturias, hijo [Diciembre de 1996, clínica psicoanalítica, Callao y Corrientes, Buenos Aires]” (los corchetes son del autor); él está vivo y reside en Buenos Aires. En ese mismo capítulo está una supuesta confesión de doña María, la madre de Asturias, con un cura (fechada 24 de diciembre de 1925) donde ella “dice” que la finca que su esposo Ernesto obtuvo fue por el pago de un favor que le hizo a Estrada Cabrera y que lo de irse a Salamá cuatro años fue para guardar las apariencias, que Miguel Ángel y su hermano Maco no se enteraran y que creyeran a su padre una víctima y no un ladrón. Total, la misma absurda mentira del capítulo 1.

Por qué razón escondida escribe el autor tanta bazofia, no la sabemos. Solo se intuye que es para ganar notoriedad a costa de un grande. Qué pensaría Salazar si leyera que de su familia un autor dice un montón de mentiras, escondiéndose en la libertad de expresión y en que se trata de una ficción, para evitar ser demandado por el libelo que finge ser novela.

***********************

Comentario publicado en elPeriódico, 22 de abril de 2016

http://elperiodico.com.gt/2016/04/10/elacordeon/es-el-caso-de-hablar/

Plumas invitadas

EL RETRATO DE DORIAN GRAY DE OSCAR WILDE

Oscar Wilde

Por: Lic. Otto Alfredo Custodio García

El retrato de Dorian Gray es una novela que presenta una variedad de proposiciones fuera del carácter lógico. Más bien, estas se podrían interpretar como simples frases lúdicas o epigramas cínicos. Sin embargo, considero que componen una red doxa[1] que refleja distintas facetas del carácter humano del autor, Oscar Wilde. Esta obra fue concebida, en su mayor parte, a través de dicotomías de una naturaleza más abstracta de lo que aparentan. Considero que para determinar si la novela es una apología a la belleza, o a la decadencia, o a la muerte o a algo totalmente distinto, es necesaria la decodificación de dichas dicotomías bajo un velo de ideas partiendo de los factores determinantes en la vida del autor, o bien bajo una interpretación personal del autor de este escrito.

 Un deseo abrupto

El punto inicial de la trama es el deseo impetuoso de por Dorian Gray, quien al ver el cuadro realizado por Basil Hallward se da cuenta de que este es la imitación perfecta de la juventud y la belleza, por lo que ofrece su alma a cambio de que la pintura envejezca y se deteriore en lugar de él. Considero que ese deseo yacía en lo profundo del alma de Oscar Wilde, ya que él se interesaba en descubrir y apreciar la belleza en el arte. Su única consecución, al menos en su etapa de juventud, era interpretar, apreciar y crear lo estético, por siempre.

 Las dos sociedades

Se sabe con certeza que Wilde era una artista que frecuentaba los círculos aristocráticos de la Inglaterra del siglo XIX, similar al mismo Dorian Gray. No obstante, su sentido estético lo motivó a buscar otras formas estéticas fuera de los placeres superficiales de la época, reuniéndose con muchachos apuestos pero burdos mucho más jóvenes que él. Estos no pertenecían a los círculos aristocráticos de Inglaterra, ni tenían relación alguna con las representaciones artísticas de la época. En el caso de Dorian Gray, en los primeros párrafos de la novela se menciona que alguna fuerza desconocida lo hizo dirigirse al teatro de segunda ubicado al este de Londres. Esto refleja el impulso por la búsqueda de un placer más sublime, representado por la actriz Sibyl Vane.

El perdón: la confesión

Esta es una de las ideas más fuertes en la obra. Lord Henry Wotton, es el personaje encargado de implantar esta idea en el joven e ingenuo Dorian Gray. Dicha idea es manejada por Basil Hallward al tratar de convencer a Dorian Gray para orar y así revertir el pacto entre el retrato y Dorian, es decir, presentar y confesar su equivocación ante Dios. Por otra parte, en el final, Dorian se percata de que la única forma de comenzar una nueva vida es por medio de la confesión de sus errores y pecados. No logra dar ese paso de liberación. De forma contraria a su personaje, Oscar Wilde estudia y se transforma a la religión católica en la etapa final de su vida.

Amor como tragedia

Todo personaje que logra amar es herido o muere, de alguna forma. Iniciando con Basil Hallward, el pintor que apreciaba y se deleitaba con la presencia de Dorian Gray, al amar al muchacho no se percata del monstruo cínico en el cual este se está convirtiendo, guiándolo a un deceso inesperado. Sibyl Vane, la talentosa y bella actriz que se enamora perdidamente de Dorian Gray, pierde su talento como actriz, el amor y admiración de Dorian y su vida por mano propia. James Vane, el hermano de Sibyl, quien amaba a su hermana, muere derivado de una promesa de venganza en contra de Dorian Gray. Victoria Wotton, la esposa de Lord Henry, es presentada por Henry como una mujer desdichada y desaliñada por no recibir ningún tipo de apreciación por Lord Henry; ella, quien alguna vez le amó, se transforma en una mujer sin aspiración alguna ni deseo de vivir. Hetty Merton, enamorada profusamente de Dorian Gray, es rechazada por este y, tal como señala Henry Wotton una mujer que ha probado a una criatura tan exquisita como Dorian no podrá vivir felizmente, ya que cualquier otro hombre no estará en la misma categoría estética de Dorian, por lo que ella vivirá una vida amarga y frustrada. Dorian Gray, quien se corrompe por su obsesión desmedida hacia la belleza y la vanidad, es el personaje más afectado debido a que pierde su integridad moral, su reputación, siendo esta última según Basil Hallward el elemento más importante para el dandi burgués de la época. Además, abandona al amor de su vida, a sus amigos y finalmente su propia vida.

Muerte

¿Será el libro una oda a la muerte? Esta idea se presenta como trágico desenlace pero, en un sentido azaroso. Ninguno de los personajes sufre ese final a propósito ni lo causa de forma premeditada. Basil Hallward se encuentra por la calle a Dorian Gray, este apenas lo reconoce pero no le da importancia: es Basil quien lo busca en el mismo momento, aunque debía tomar el tren, lo cual lo lleva a uno ominoso deceso. Por su parte, Sibyl Vane se suicida es por una causalidad de eventos que se resumen en conocer y enamorarse de Dorian Gray. El hermano de Sibyl, James, muere de manera sorpresiva al buscar a Dorian Gray con el fin de ejecutar un juramento de venganza. Alan Campbell, brillante químico, alguna vez amigo de Dorian Gray, se suicida al ser chantajeado por este para ocultar un crimen. Es decir, tal como lo presenta la obra, Dorian Gray es vehículo de la desgracia y el infortunio. Y ni él mismo no se salva de este final aunque el significado de la muerte difiere del de los otros personajes, ya que deliberadamente Dorian muere, pero no como un castigo final a una existencia impía, más bien es la liberación de su alma ante la tortuosa y decadente vida que llevaba.

Los polos de la inocencia

Como menciono al inicio, las dicotomías tienen un carácter predominante. Tal es el caso de la admiración y aceptación de las personas hacia Dorian Gray: todos disfrutaban su jovial y tímida presencia, la cual rayaba en la inocencia adolescente. No obstante, esa naturaleza es degradada por la corrupción que consume el carácter del personaje y lo transforma en un ser cínico y nihilista (aunque “hermoso” su inocencia está completamente perdida). Es importante señalar que aunque el cuadro es el que envejece debido a los pecados de Gray, es en la forma de ser de este, Dorian, donde repercuten con mayor fuerza estos últimos.

 Oscar Wilde era virtuoso en las lenguas muertas, la música, la poesía y toda materia estética en general, además de la admiración que le profesaban en Londres. No obstante, al ser acusado de sodomita, cae a un mundo de difamación y degeneración tal como le sucede a Dorian Gray. Dorian Gray purga sus errores a través de la muerta, Oscar Wilde al ser encarcelado.

Orientación distinta

Una de las ideas centrales en la obra es la de la belleza sobre todas las cosas, incluso sobre la moral. No obstante, y por la actitud de los tres personajes principales a lo largo de la obra, esta maneja subrepticiamente una idea alejada de la belleza física, que se va edificando paulatinamente pero nunca alcanza un clímax ni se vuelve obvia o explícita: el homosexualismo.

El erotismo de Lord Henry y Basil Hallward hacia Dorian Gray con frases como esta, de Basil Hallward a lord Henry: “cuando me gusta mucho una persona nunca le digo a nadie como se llama…”; o Lord Henry pensando en Dorian Gray: “Sí, en verdad era maravillosamente atractivo, con los labios escarlata de curvas delicadas, sus ojos azules, el pelo crespo dorado…”; Dorian Gray en Lord Henry: “no podía evitar que le gustara aquel hombre joven, alto y con gracia que estaba frente a él”. Por lo tanto, es innegable que la orientación sexual de Oscar Wilde fue representada en su obra, pues durante esa época la homosexualidad era considerada un crimen.

La figura femenina

Existe cierta misoginia psicológica en la obra, por ejemplo cuando Basil y Henry acompañan a Dorian al teatro para ver actuar a Sibyl Vane y esta falla rotundamente, Lord Henry exclama “no te preocupes Dorian, es bonita y eso es lo que cuenta”. Lord Henry mantiene un carácter de desprecio hacia los distintos personajes femeninos: hacia su esposa Victoria Wotton, a quien presenta como una mujer desaliñada a Hetty Merton; la última enamorada de Dorian Gray elucubra acerca de la desdichada vida que llevará, después de haber conocido a Dorian Gray, entre otras. Henry Wotton degrada a la mujer a un simple objeto de la belleza utilizando frases como las mujeres utilizan mal el término “para siempre”, ya que desean que el amor dure por siempre, pero eso no es posible; o bien el hombre joven puede engañar pero no lo hace, mientras que el hombre viejo quiere engañar pero no puede, alardeando que sería no solo posible sino que correcto el que el hombre sea infiel.

Un cuarto de hora

“Basil Hallward ve a Dorian en lugar de pintar el retrato […]” “[…] llevaba esperando a Campbell”. Las anteriores proposiciones adquieren sentido completo al unirlas por medio de la frase “un cuarto de hora,” que se repite varias veces en el relato simbolizando no solo el transcurrir del tiempo, sino que los cambios de Dorian Gray, siendo estos:

  1. El deseo de Dorian Gray durante el inicio de la trama central.
  2. Antes de conocer a Sibyl Vane, único momento de genuina felicidad para Dorian.
  3. Muerte de Basil Hallward, transformación completa de Dorian a un ser impío.
  4. Espera antes de encontrar el cuerpo de Dorian Gray, purga del pegado.

Un pacto con el diablo, Lord Wotton

“Ese hombre hizo un pacto con el diablo”, le dice una mujer vieja y acabada a James Vane, en el bar de opio, al momento que esta se da cuenta de que Dorian Gray se ha salvado de la venganza de James Vane a través de una ingeniosa estratagema. “Hubieras matado a ese hombre que es pura maldad”. ¿Existe un pacto oculto con el diablo? Se puede partir de “el pecado es el único color real”, frase que Lord Henry Wotton le dice a Dorian Gray al inicio de la novela. A lo largo de esta, Lord Henry es representado como un cínico e ingenioso dandi, atribuyéndole calificativos como “terrible”, “horroroso”, “malvado”, entre otros. No obstante al analizar el desempeño y evolución de este personaje, en un evidente sentido sarcástico, es posible percatarse de frases y actitudes sutiles que lo inclinan más allá de ser otro caballero que disfruta de la presencia de Dorian Gray; es más, Lord Henry influye de directamente en los pensamientos de Dorian.

Desde el inicio Lord Henry le hace ver a Dorian que su juventud y belleza no durarán para siempre y que el retrato perpetuará esa cualidad, provocando a Dorian para que pronuncie el pueril y nefasto pacto, sin aparente respuesta. Es importante señalar que al momento de esto los únicos personajes presentes a parte de Dorian Gray eran Basil Hallward y el mismo Lord Henry; a Basil se le puede descartar como un personaje malvado debido a que cuando este se entera de la verdad acerca del retrato intenta que Dorian se arrepienta ante Dios por esa imprudencia narcisista; al contrario de Lord Henry quien, casi al final de la obra, adula a Dorian Gray afirmándole que se ve fantástico y que el tiempo no le ha afectado para nada. También es Lord Henry quien mantiene una fijación con la belleza menospreciando otras atribuciones como la moral o el deber, además, no teme expresar su pensamiento, y mucho menos frente a Dorian Gray.

“Nada puede curar el alma sino los sentidos y nada puede curar los sentidos sino el alma” parece ser solo otro epigrama elocuente de Lord Henry; sin embargo, posee un fuerte mensaje de entrega completa de los sentidos a los placeres y excesos para mantener al alma apaciguada y que esta alimentará los sentidos, por lo tanto, la esencia misma de la persona se perderá en los placeres y excesos.

Utilizo la palabra excesos ya que Lord Henry no maneja un punto medio en su pensamiento: siempre está en el extremo de la atracción física, la belleza como punto de expresión máxima, no solo física sino artística; lo prohibido (como la infidelidad, el abandono moral, etcétera).

En conclusión, considero que es Lord Henry quien maquina una serie de estrategias diabólicas, etéreas pero penetrantes, para la mente débil y jovial de Dorian Gray.

[1] Doxa: una creencia sin fundamento epistemológico formal. Término utilizado para simbolizar un significado basado en opiniones.