Se buscan libros usados

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Transcribiendo a la primavera gris

Colaboración: Erivan Campos Conde

Comunicadora social

A la cara me dijo: “De las consejas no pueden salir más que solo fábulas y agüeros. La conseja es un cuento”, bajo tan claro aviso crucé el vano de la puerta y comenzaron los Relatos verdes en escala de gris.

Me saludó con un poco de tozudez característica del terruño pero pasé directo a la cocina (señal de confianza y compañerismo), a la cocina campesina la que “es el trabajo que no se cuenta ni en historias ni en dinero” inevitablemente pensé en las horas de vida que mi madre o cualquier otra mujer confinan al arte delicado de servir amor en forma de comida, un verdadero oficio amoroso; cavilamos hasta concluir que no podía ser sino un verdadero cariño del Ajaw. Manos de madre, sabiduría eterna, olores y bocas hambrientas de sabor y nutrientes, el podio de las noticias, el nido donde reflejamos y construimos cada sentimiento, el corazón del hogar. Mientras bebíamos agua de café las mariposas nos acompañaron en la consulta con los sentimientos, nosotros meditábamos y el dinosaurio, en su propia cocina, preparaba elíxires embrutecedores que le permitieran seguir allí.

Le oía en sus soliloquios y le reconocía comprometido con cada palabra, divagué un momento pensando en que algo de mujer le habría instalado la Pacha Mama en las venas porque al hurgar en sus recovecos le reconocía tan ofendido como yo, como las de mi género, tan sensible a mis problemas característicos de “ciudadana de segunda clase”: de mujer. Entendía el hartazgo, el miedo, la lucha. Podía ver con ojos de mujer y luchar como el hombre jaguar que el Corazón del Cielo y el Corazón de la Tierra le dieron por vestimenta y piel. El día maduró y el café se volvió cimiento sustancioso de más platica, volví a lo que me narraba y coincidí con él en que ya hay demasiados “lame botas” en el mundo, pensamos en unos cuantos sin mencionar nombres y cambiando de tema optamos por reír con jugarretas aritmética sencillas. Así, ese día entre I´x y Kame nació la amistad.

Pasó el tiempo y ya, de cómplices, me llevó a la zona Reina a perdernos, a documentar y equivocarnos, a reinos un poco de la vida y re empezar. Coincidimos en aceptar momentos históricos dolorosos como ocultos y demeritados, hablábamos largo y tendido de ello hasta el punto de volverlo tema recurrente. Coincidíamos también en la importancia de no olvidar; de esta etapa apunté en mis adentros que la certeza de la muerte devuelve la certeza de la vida. La senda injusticia pesa y me reconfortó que él llevara a cuestas el mismo peso que también llevaba yo. Compartir lastres me llevó a llamarlo “compañero” porque lo reconocí como un ser de lucha, quizá un naturalista preocupado por el futuro del campesino y el maíz que éste hace florecer; sin tapujos ni mente cerrada.

Me gustaba oírle describir la costa de cuba, y los relatos ocurridos en el D.F., la Dominicana y los lugares olvidados de la provincia guatemalteca que bien podrían ser otro país muy diferente a la capital chapina de los cafetines, los restaurantes de comida rápida y los eventos culturales de los grupos de ilustrados y la revolución de universidad.

Aún a estas alturas no sé cuan ciertas habrán sido sus historias de genocidios a punto de ser confesados y muertes con fachada sonriente. Desconfié sobre todo, de la vez que me contó que murió y sentía frío en la morgue; obviamente no le ocurrió, pero algo en sus ojos tan llenos de historias me hacía creer que lo había vivido en otra piel, en el mismo “bello y horrendo país” pero en otra piel. La religión, la descubrimos con sus contradicciones e ironías, que por reales nos causaban gracia.  Sin notarlo sus palabras, como larvas, comieron de cada idea, momento y silencio, crecieron pero no se metamorfosearon como efímeras o moscas. Cada triste injusticia, las pinturas de calaveras, los relato de mujer y las risas colorearon las alas de las ahora mariposas que comieron la carne de sus relatos, y al abrir la ventana de la realidad, en vuelo vacilante se liberaron a nuevos mundos. Solo quedaron los huesos, como los de sus historias, vueltos semillas para quien viniera detrás de mí a conocerle.

Como todo en esta vida comienza y termina, ocurrió que concluyó la cercanía “Esta relación se ha construido a base de palabras” dijo, antes del último relato. Restará ya solo buscarle en cada nota al pie de página,  en cada sueño cotidiano y en cada vez que, cual déjavu, se repitan frente a mis ojos, las historias de Pablo.

El libro lo presenta la autora de autoras en Guatemala, Ana María Rodas, eso es un plus. Pablo Sigüenza narra situaciones vivenciales y observadas en terceros que por reales y comunes generan atracción inmediata, o bien ya lo hemos vivido o nos lo han contado o lo hemos visto ocurrir. Es un ir y venir en el tiempo que, cual agujero de gusano, nos permite abrir el pasado, predecir el futuro y encontrarle otras texturas al presente. Sus letras son el lomo de un ave que nos lleva a donde es preciso viajar, a la Guatemala de verdad.

Título del libro: Relatos verdes en escala de gris

Autor: Pablo Sigüenza Ramírez

Magna Terra Editores, S. A., Guatemala, 2015. Colección Conseja.

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