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El mediterráneo en mis ojos

Por: Carlos René García Escobar

Escritor guatemalteco

Recordándome del poeta revolucionario y sakertiano guatemalteco Abelardo Rodas Barrios y de su poemario Corazón Adentro en donde,  publica por primera vez su poema Atitlán en mis Ojos, en la Revista de Guatemala de Luis Cardoza y Aragón de los años cincuenta del siglo XX, estaba yo, de pie, en las finas y amarillas arenas de la playa de la Valencia porteña, absorbiendo con intensidad y plenitud, el mar Mediterráneo, de un azul verdoso y calmo que, lo hacía penetrar en mis pupilas exactamente como el poeta sololateco sentía el lago de Atitlán, entrando por sus ojos.

Ya tenía entonces realizado yo, un sueño anhelado por muchos años, “tener el Mediterráneo en mis ojos”.

            “Casi a la mitad de la vida estoy

            Hollando tu cabeza de piedra

            Y aun tus sueños no he desenterrado.

            Me corre en las mudas cañas de los huesos

            un salvaje, milenario aliento

            de tus cósmicas leyendas,

            y en la lengua me duele hasta el silencio…”

                (Rodas B., A. Corazón adentro. Ed. Cultura, Guatemala 2003. Pág. 47.)

Tras la pantalla de mi cámara digital alcancé a ver en lontananza de la línea horizontal del mar unos puntitos negros que poco a poco se engrandecían. No me importó la algarabía de los bañistas a mi alrededor porque presentí que algo grande estaría por suceder. En ese momento, a pesar del calor insoportable que hacía, imperceptiblemente sufrí una transportación temporal que me estatizó en el lugar, cerca del agua donde me encontraba. Los puntos vistos se engrandecieron totalmente y aparecieron ante mi vista varias embarcaciones de corte medieval que se acercaron amenazadoramente a la playa donde me encontraba. De repente estaba yo sólo ante el mar. Pero parecía que era invisible ante los hombres y mujeres que bajaron de las lanchas, ataviados con trajes vistosos y con turbantes en sus cabezas. Sus rostros barbados, bigotudos y cejudos les daban un aspecto amenazador y tenebroso. Ellas bajaban misteriosas sin mostrar sus rostros. Primero eran una veintena y de pronto más de un centenar. Con sables en los brazos y cuchillos en la cintura se abalanzaron tierra adentro y, la historia cuenta que invadieron los pueblos cercanos e impusieron por la fuerza sus leyes y su religión. Yo observaba que cada vez más bergantines acercándose a la playa y más gente del mismo tenor desembarcaba.

            Por dos anhelos conjugados en la sangre

            turbulenta de mis padres, he venido

            desde la cara posterior del mundo,

            ese rostro más viejo que la vida,

            donde no hay ojos ni lámparas posibles

            que rompan las ataduras de la sombra,

            donde las manos no aciertan a descubrir el corazón

            para palparle la estallante semilla del amor,

            donde la vida no ha empezado su ascendente canción

            ni el pájaro ha ensayado su vuelo sobre los surcos.

            Donde somos los muertos de una muerte sin nacimiento.

                (Idem. Pág. 50.)

El tiempo es corto y largo, vertical y horizontal, cuadrado y circular. Los puntos dejaron de aparecer en lontananza y mi ilusión se desvaneció cuando mi esposa llegó y tocándome el brazo me instó: -Ya, vámonos. Es la hora del regreso.

Entonces las turbas que preparaban sus aperos y afilaban cuchillos y sables se convirtieron al instante en los bañistas del momento.

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Foto: Carlos René García Escobar. Mar Mediterráneo, Playa Las Arenas, Valencia, España. Valencia, España, 2010.

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