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Paradojas

Por: Erivan Campos Conde

        Comunicadora social

Como quiso ser un hombre respetable, Alejandro dejó la poesía para ganar unos centavos, para ser como los demás, con escrúpulos, con posesiones carnales y pequeños tesoros. Ocurrió entonces que se sintió desnudo, mutilado. Abandonó la poesía y no obtuvo ni el respeto que merecía ni el dinero suficiente para comprarlo.

Alejandro hombre, encarna quizá el sueño de todo poeta, que rebusca en sus interiores y desea, de paradoja en paradoja, renunciar al menos por un momento a la estrangulante necesidad de usar la poesía para esbozar sus lastres y maravillas internas. Acarician la idea, la abrazan, se hacen uno con ella y ya luego, con sueños amputados, doloridos, con unas quimeras menos y unas realidades más, con mundos nuevos que esbozar vuelven a la esquina maravillosa ubicada en la región calma como hecatómbica de la humanidad: La poesía. Juran no volver a la cruenta realidad nociva para los sensibles, pero siendo ciclos los sentimientos y ellos mismos, inevitablemente vuelven a anhelarla como a salir huyendo después.

Alejandro/no poeta, entró a mis noches y compartimos soliloquios y enojos y tristezas. Le vi vivir, que es solo su manera de morir lentamente. Apagué mis propias grandilocuencias inertes y el silencio me llevó a saber que después del mañana, del amor, del recuerdo, del mercado solo vienen otros mañanas, la rutina, laberintos de memoria, la guerra y luego del yo, otro yo. Absorbí nombres de mujeres, duelos, verdades, hasta caer en las contrariedades del mismo Alejandro/poeta.

Celebrando el rostro del tiempo, una noche al fin dijo que él era solo el traductor de la esencia, un hechicero sin pócima, el bisturí, el ser exagerado, un amanecer incandescente donde habita una isla flotante. Y decidió al fin quedarse siendo poeta. De paradoja en paradoja dijo lo que no quería oír hasta que le odié por inoportuno, por caemal, por no dar tregua, porque había decidido quedarse para decir algo y vivir entre nosotros.

Alejandro caemal, hablóme de injusticias, de su madre/raíz, de libros, devenires y pobrezas, de su padre en cada ocho de abril hasta el punto que le vi solo encontrándose, recolectando sus propias piezas en cada encuentro. Quizá él ya se había encontrado, quizá solo era yo quien lo iba construyendo noche a noche. Siguió entre contradicciones metamorfoseándose. Y cuando creí que ya estaba armado gritó Lento que el amor también nos desarma y se volvió a hacer mil pedazos entre las líneas de mis manos.  Luego hizo distancia y lo hallé oculto ni lejos ni cerca, pero ya era tarde solo nos dio tiempo a decir Te Amo con un corto poema erótico. Le vi morir finalmente, con la decadencia marítima que Natura le proveyó eternamente.

Cerré ciclo, cerré la tapa y fue hasta entonces que recordé lo que dijo:

“La poesía

debería ser un acto físico,

como la gimnasia.

Debería provocar

transpiraciones y tensar los músculos,

agitarnos hasta dibujar

venas en el espíritu… “

y comprendí.

 

Ensayo sobre paradojas del escritor guatemalteco Alejandro Urízar no es solo un libro de poesía, es una ventana hacia los sentires opuestos del autor. Un reflejo, un eco vacilante, un juego de frases que se vuelven contradicción.

El conocimiento nos dice solo que las paradojas son extrañas formas opuestas de las opiniones comunes del sentir de los hombres. Pero ¿qué es el sentir? Tal vez impresiones de placer y dolor dictaminados por lo que nos afecta espiritual o corporalmente, bien entonces ¿qué nos hace pensar que el sentir del hombre, como especie, va a ser el mismo en todos sus exponentes? Hartos ejemplos vemos de cuán diferente podemos sentir los unos de los otros. Los sentimientos son las personas, tan complejos y diferentes como las personas.  El autor nos desdibuja las paradojas, difumina las suyas con las nuestras propias y crea este espacio de pensamientos que vale la pena, no leer sino sentir.

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