Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi

Se buscan libros usados

Por: Julio Pellecer Solórzano

Todos los niños aprenderían mejor, leyendo, Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, que con sermones de cómo deben comportarse.

Si un profesor o maestro lo pide leer o se da como regalo, lo primero que tendría que realizar sería dirigirse a la obra original, pues existen muchas versiones que distorsionan el estilo y el planteamiento original.

Algo, sin embargo, que no puede perderse de vista, ni siquiera en estas versiones un tanto distorsionadas, es el cambio que se suscita en la personalidad del protagonista.

Más allá de la transformación física, de marioneta de madera a niño de verdad, se da una transformación moral. Lo cual hace pensar en otras obras infantiles, en las cuales se dan estos viajes de iniciación, como Las crónicas de Narnia.

En muchas de ellas, como la última citada, se encuentra un sujeto operador que no obliga a cambiar al sujeto de estado; sino que simplemente orienta, o sugiere un camino que este último podría tomar, y que en consecuencia, lo ayudará a alcanzar una meta.

El sujeto operador en las Crónicas de Narnia es Aslan, y en Pinocho, es el Hada de cabellos azules.

Este sujeto operador no actúa como el deus ex machina del teatro griego clásico, es decir, que no llega a resolver los problemas a último momento.

Se puede deducir del relato que si los personajes principales no realizaran su función dentro de la narración, el conflicto no tendría solución. Puede existir una conjugación de esfuerzos, pero en definitiva, los protagonistas tienen que actuar, no son meros peones en el juego de ajedrez de los dioses.

Otra característica particular de estos relatos es que los personajes y situaciones tienen en principio un origen cotidiano, en el caso específico de Pinocho, el origen del protagonista es planteado con sencillez desde las primeras líneas de la obra:

Érase una vez...

- ¡Un rey! – dirán en seguida mis pequeños lectores.

No, muchachos, os habéis equivocado. Érase una vez un pedazo de madera.

No era una madera de lujo, sino un simple pedazo de leña de esos que en invierno se meten en las estufas y chimeneas para encender el fuego y caldear las habitaciones.

Se trata de una obra de literatura fantástica, pero la acción es situada en un contexto familiar, y la magia aparece gradualmente, cuando el pedazo de madera comienza a hablar, “llorar y reír como un niño”.

Y de una manera providencial, este pedazo de madera que había causado el espanto de su propietario maese Antonio (apodado Cereza), es requerido por otro carpintero, anciano también, maese Geppetto (apodado Panocha), quien lo quiere para, “... fabricarme un bonito muñeco de madera; pero un muñeco maravilloso, que sepa bailar, tirar de florete y dar saltos mortales. Pienso correr el mundo con ese muñeco, ganándome un pedazo de pan y un vaso de vino...”.

En ningún momento se dice que Geppetto supiera de las cualidades mágicas del pedazo de madera, y tampoco implica que el carpintero tuviera la seguridad que su muñeco sería un autómata, pero se infiere la intención.

También se puede notar que busca sacar un provecho económico del muñeco, si bien uno bastante modesto; podríamos ver en esto alguna forma de explotación infantil.

Esto también nos conecta con la realidad. En la historia de la música occidental, encontramos el caso de Leopoldo Mozart, quien al descubrir la disposición sobresaliente para la música en sus hijos, especialmente la de Wolfgang Amadeus, les enseñó cuanto sabía y, una vez preparados, los presentó ante varias cortes europeas como niños prodigio. El padre de Beethoven, intentó hacer lo mismo sin éxito.

Pero del mismo modo que el padre puede convertirse en representante artístico de sus hijos, el representante artístico puede convertirse en padre y así, a las pocas páginas, Geppetto dice: “- ¡Bribón de hijo! ¡Todavía estás a medio hacer y ya empiezas a faltarle el respeto a tu padre! ¡Mal, hijo mío, muy mal!” y “- ¡Me lo merezco! – se dijo para así (sic) – Debía haberlo pensado antes. ¡Ahora ya es tarde!”.

 A partir de este punto, en la obra, no volverá a plantearse la idea que Geppetto pueda sacar ventaja del muñeco, al cual verá como su hijo, algo natural pues él lo modeló (de la grosera materia a la más refinada forma) con sus manos de artesano. Por el contrario, la hacienda (ya escasa) del anciano se verá cada vez más reducida con la intención de sostenerlo y educarlo (pues lo enviará a la escuela). Y aún cuando la certeza de sus palabras se verificará varias veces a lo largo de la obra, el saber que ha contraído el peso que conlleva la responsabilidad de la paternidad y que sufrirá la ingratitud del hijo, no dejará de velar por él y al perderlo, no dejará de buscarlo.

Lo que no se puede soslayar es el poder simbólico de la marioneta sin hilos. Como se mencionó anteriormente, no se puede asumir que Geppetto pretendía la creación de un autómata, pero la madera “mágica” sumada a su intención tuvieron como resultado la creación de un ser animado.

No se asume aquí, viviente, porque la madera ya hablaba, por lo que debió de estar viva; pero sí animado, porque se le dio movimiento. Ahora bien, el autómata en sí es algo antinatural y, por lo mismo, puede causar espanto o repulsión, pero en el mundo de la ficción su aparición es vista con asombro y alegría.

Además, en el teatro de títeres, hay otros como él, pero supeditados a los hilos del titiritero.

En todo caso, la diferencia en Pinocho es su libertad, su albedrío. Él puede decidir qué hacer, puede equivocarse y, por lo mismo puede aprender. Esto lo distingue, por ejemplo de un Peter Pan, quien no podía aprender y, por tanto, crecer moralmente, debido a esa amnesia que le impedía recordar las injusticias del mundo adulto.

Pinocho crece un poco a lo largo de la narración, deja algo de su primigenia ingenuidad en el camino que recorre, pierde la piel de burro que se puso por su desobediencia y pereza, el amor por su padre aumenta cuando comprende cuanto lo ama éste a su vez, y la voz de su conciencia le suena cada vez más clara.

En la lectura de Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, se percibe una intención didáctica, pero no como un regaño, ni como palabras huecas, sino como una moral práctica y vigente en lo cotidiano.

 

One thought on “Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi

  • Gracias Julio, aprendí algo nuevo sobre los personajes, lo del sujeto operador y sujeto estado me parece muy interesante y poco apreciado, ya que muchas obras tienen estos personajes “Guía” y no podemos identificarlos bien. La obra de pinocho es muy bonita, yo leí una de sus versiones pero me parece muy acertado el decir que los maestros deben apegarse al original ya que de ese nace la idea base de las otras versiones. Y creo que es mucho más compleja y entretenida que la versión infantil que leí.

Deja un comentario