Contrarreflejos

Contrarreflejos

Sección a cargo de: Pablo Salvatierra


 

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UN HOMBRE BUENO ES DIFÍCIL DE ENCONTRAR*

La abuela no quería ir a Florida. Quería visitar a algunos de sus conocidos en el este de Tennessee y no perdía oportunidad para intentar que Bailey cambiase de opinión. Bailey era el hijo con quien vivía, el único varón que tuvo. Estaba sentado en el borde de la silla, a la mesa, reclinado sobre la sección deportiva del Journal.

—Mira esto, Bailey —dijo ella—, mira esto, léelo.

Y se puso en pie, con una mano en la delgada cadera mientras con la otra golpeaba la cabeza calva de su hijo con el periódico.

—Aquí, ese tipo que s’hace llamar el Desequilibrado s’ha escapao de la Penitenciaría Federal y se encamina a Florida, lee aquí lo que hizo a esa gente. Léelo. Yo no llevaría a mis hijos a ninguna parte con un criminal d’esa calaña suelto por ahí. No podría acallar mi conciencia si lo hiciera.

Bailey no levantó la cabeza, así que la abuela dio media vuelta y se dirigió a la madre de los niños, una mujer joven en pantalones, cuya cara era tan ancha e inocente como un repollo, con un pañuelo verde atado con dos puntas en lo alto de la cabeza, como orejas de conejo. Estaba sentada en el sofá, alimentando al bebé con albaricoques que sacaba de un tarro.

—Los niños y’han estao en Florida —dijo la anciana señora—. Deberías llevarlos a otro sitio pa variar, así verían otras partes del mundo y aprenderían otras cosas. Nunca han ido al este de Tennessee.

La madre de los niños no pareció oírla, pero el de ocho años, John Wesley, un niño robusto con anteojos, dijo:

—Si no quieres ir a Florida, ¿por qué no te quedas en casa?

Él y su hermanita, June Star, estaban leyendo las páginas de entretenimiento en el suelo.

—No se quedaría en casa aunque la nombraran reina por un día —dijo June Star sin levantar su cabeza amarilla.

—¿Y qué harían si este hombre, el Desequilibrado, los agarrara? —preguntó la abuela.
—Le daría un puñetazo en la cara —respondió John Wesley. —No se quedaría en casa ni por un millón de dólares —afirmó June Star—. Teme perderse algo. Tiene que ir a donde vayamos.

—Muy bien, señorita —dijo la abuela—. Acuérdate d’eso la próxima vez que me pidas que te ondule el pelo.

June Star dijo que sus rizos eran naturales.

A la mañana siguiente la abuela fue la primera en subir al coche, lista para partir. A un costado dispuso su gran bolsa de viaje negra que parecía la cabeza de un hipopótamo y debajo de ella escondía una cesta con Pitty Sing, el gato, en el interior. No tenía la menor intención de dejar solo al gato durante tres días, porque este la echaría mucho de menos y ella temía que se frotara con la llave del gas y se asfixiara por accidente. A su hijo, Bailey, no le gustaba llevar un gato a un motel.

Se sentó en el centro del asiento trasero, con John Wesley y June Star a cada lado. Bailey, la madre de los niños, y el bebé se sentaron adelante. Y así salieron de Atlanta, a las ocho y cuarenta y cinco, con el cuentakilómetros del coche en 89.927. La abuela lo anotó, porque pensó que sería interesante decir cuántos kilómetros habían hecho cuando regresaran. Tardaron veinte minutos en llegar a las afueras de la ciudad. La anciana se sentó cómodamente, se quitó los guantes de algodón y los dejó con su bolso en la repisa de la ventanilla de atrás. La madre de los niños aún llevaba los pantalones y la cabeza atada con el pañuelo verde; la abuela, en cambio, llevaba un sombrero de paja azul marino con un ramillete de violetas blancas en el ala y un vestido azul marino con pequeños lunares blancos. El cuello y los puños eran de organdí blanco adornado con encaje, y en el cuello se había prendido un ramillete de violetas de tela de color púrpura perfumado. En caso de accidente, cualquiera que la viera muerta en la carretera sabría al instante que era una dama.

Dijo que pensaba que sería un buen día para conducir, pues no hacía demasiado calor ni demasiado frío, y advirtió a Bailey que el límite de velocidad era de ochenta kilómetros por hora, que los coches patrulla se escondían detrás de carteles publicitarios y de pequeños grupos de árboles y que podían salir disparados en su persecución sin darle tiempo a aminorar la marcha. Señaló los detalles interesantes del paisaje: la montaña Stone, el granito azul que en algunos lugares asomaba a ambos lados de la carretera, las lomas de brillante arcilla roja ligeramente rayadas de púrpura, y las mieses que trazaban líneas de encaje verde sobre el terreno. Los árboles estaban llenos de la luz blanca y plateada del sol y hasta los más míseros destellaban. Los chicos leían tebeos y su madre se había dormido.

—Pasemos Georgia a toda velocidad, así no tendremos que verla mucho —dijo John Wesley.

—Si yo fuera un niño —dijo la abuela—, no hablaría d’esa manera de mi estado natal. Tennessee tiene montañas y Georgia, colinas.

—Tennessee n’es más que un muladar lleno de pueblerinos y Georgia es también un estado asqueroso.

—Tú l’has dicho —dijo June Star.

—En mis tiempos —dijo la abuela entrecruzando los dedos, delgados y venosos—, los niños tenían más respeto por su estado natal y por sus padres y por to lo demás. La gente era buena entonces. ¡Oh, mirar qué negrito más mono! —Y señaló a un niño negro plantado ante la puerta de una choza—. Qué estampa más bonita, ¿verdá?

Todos se volvieron para mirar al negrito por la luneta trasera. Él saludó con la mano.

—Ese chico no llevaba pantalones —observó June Star.

—Probablemente no tiene —explicó la abuela—. Los negritos del campo no tienen las cosas que nosotros tenemos. Si supiera pintar, pintaría ese cuadro.

Los niños intercambiaron sus historietas. La abuela se ofreció a tomar al bebé y la madre de los chicos se lo pasó por encima del asiento delantero. La abuela lo sentó sobre sus rodillas y le hizo el caballito y le explicó lo que se veía por la ventanilla. Puso los ojos en blanco, frunció los labios y apretó su cara delgada y curtida contra la piel blanda y suave. De vez en cuando, el bebé le dedicaba una sonrisa distraída. Pasaron junto a un vasto campo de algodón con cinco o seis tumbas en medio, rodeadas de un cerco, como una isla pequeñita.

—¡Mirar el camposanto! —dijo la abuela señalándolo—. Era el antiguo camposanto de la familia. Pertenecía a la plantación.

—¿Dónde está la plantación? —preguntó John Wesley.

—El viento se la llevó —dijo la abuela—. Ja, ja.

Cuando los chicos terminaron de leer todas las historietas que habían llevado, abrieron la caja del almuerzo y se lo comieron. La abuela comió un bocadillo de mantequilla de cacahuete y una aceituna, y no permitió que los chicos arrojasen la caja y las servilletas de papel por la ventanilla. Cuando no tuvieron otra cosa que hacer, se pusieron a jugar; elegían una nube y los otros tenían que adivinar qué forma sugería. John Wesley eligió una con forma de vaca y June Star adivinó la vaca y John Wesley dijo: «No, un coche», y June Star dijo que hacía trampas y comenzaron a pegarse por encima de la abuela. La abuela dijo que les contaría un cuento si se quedaban calladitos. Cuando contaba un cuento, ponía los ojos en blanco, movía la cabeza y era muy histriónica.

Contó que una vez, cuando era jovencita, la había cortejado un tal señor Edgar Atkins Teagarden, de Jasper, Georgia. Dijo que era un hombre muy apuesto y un caballero, y que todos los sábados por la tarde le llevaba una sandía con sus iniciales grabadas, E. A. T. Pues bien, un sábado por la tarde, el señor Teagarden llevó la sandía y no había nadie en la casa; la dejó en el porche de entrada y volvió a Jasper en su calesa, pero ella nunca vio la sandía, explicó, porque un chico negro se la comió cuando vio las iniciales, E. A. T.: come. A John Wesley le hizo mucha gracia la historia y reía y reía, pero June Star opinó que no tenía nada de gracioso. Dijo que nunca se casaría con un hombre que sólo le trajera una sandía los sábados. La abuela dijo que habría hecho muy bien en casarse con el señor Teagarden, porque era un caballero y había comprado acciones de Coca-Cola cuando salieron al mercado y había muerto, hacía unos pocos años, muy rico.

Se detuvieron en The Tower para tomar unos bocadillos calientes. The Tower era una gasolinera y sala de baile, en parte de estuco y en parte de madera, en un claro en las afueras de Timothy. Lo regentaba un hombre gordo llamado Red Sammy Butts, y había letreros aquí y allá sobre el edificio y a lo largo de varios kilómetros de la carretera que rezaban:

PRUEBA LA FAMOSA BARBACOA DE RED SAMMY.

¡NADA IGUALA AL FAMOSO RED SAMMY! EL GORDO DE LA SONRISA FELIZ.

¡UN VETERANO! ¡RED SAMMY ES EL HOMBRE QUE NECESITAS!

Red Sammy estaba tendido en el suelo fuera de The Tower con la cabeza bajo una camioneta, mientras un mono gris de unos treinta centímetros de altura, encadenado a un árbol del paraíso pequeño, chillaba cerca. El mono saltó hacia el arbolito y se encaramó a la rama más alta apenas vio a los chicos apearse del coche y correr hacia él.

El interior de The Tower era una larga habitación oscura con una barra en un extremo y mesas en el otro y una pista de baile en medio. Todos se sentaron a una mesa cerca de la máquina de discos y la esposa de Red Sam, una mujer alta y bronceada con ojos y cabellos más claros que la piel, llegó y tomó nota de lo que querían. La madre de los chicos insertó una moneda en la máquina y se pudo escuchar el «Vals de Tennessee», y la abuela dijo que esa melodía siempre le daba ganas de bailar. Preguntó a Bailey si quería bailar, pero él tan sólo la miró. No era de natural alegre como ella y los viajes lo ponían nervioso. Los ojos marrones de la abuela resplandecían. Movió la cabeza de un lado a otro e hizo como si bailara en la silla. June Star dijo que pusieran algo para que ella pudiera bailar claqué. Entonces la madre de los niños metió otra moneda y eligió una pieza más movida; June Star saltó a la pista de baile y bailó el claqué de costumbre.

—¡Qué graciosa! —exclamó la mujer de Red Sam, inclinada sobre la barra—. ¿Te gustaría quedarte aquí y ser mi pequeñita?

—Claro que no —contestó June Star—. No viviría en un lugar medio en ruinas como este ni por un millón de dólares. Y salió corriendo hacia la mesa.

—¡Qué graciosa! —repitió la mujer, estirando la boca con amabilidad.

—¿No te da vergüenza? —susurró la abuela.

Red Sam entró y le dijo a su mujer que dejara de holgazanear en la barra y que se apresurara a servir a esa gente. Los pantalones caquis le llegaban hasta las caderas y la barriga le caía sobre ellos como un saco de comida bamboleante bajo la camisa. Se acercó y se sentó a una mesa cercana; emitió una mezcla de suspiro y gritito en falsete.

—No hay manera. No hay manera —dijo, y se secó la cara sudorosa y roja con un pañuelo gris—. En estos tiempos que corren, no se sabe en quién confiar. ¿No es verdá?

—Desde luego, la gente ya no es como antes —sentenció la abuela.

—La semana pasada vinieron aquí dos tipos —explicó Red Sammy— que conducían un Chrysler. Un coche muy baqueteado pero bueno, y los muchachos me parecieron decentes. Dijeron que trabajaban en el molino y ¿saben que les permití poner en la cuenta la gasolina que compraron? ¿Por qué hice yo semejante cosa?

—¡Porque usté es un hombre bueno! —contestó de inmediato la abuela.

—Bueno, supongo que es así —dijo Red Sammy como si su respuesta lo hubiera dejado atónito.

La mujer sirvió lo que habían pedido. Llevaba los cinco platos al mismo tiempo sin usar bandeja, dos en cada mano y uno en equilibrio sobre el brazo.

—No hay una sola alma en este mundo de Dios en la que se pueda confiar —dijo—. Y yo no excluyo a nadie de la lista, a nadie —afirmó mirando a Red Sammy.

—¿Han leído algo sobre ese criminal, el Desequilibrado, que se escapó? —preguntó la abuela.

—No me sorprendería na que llegase a atacar este lugar —dijo la mujer—. Si oye lo qu’hay aquí, no me sorprendería verlo. Si se entera de que hay dos centavos en la caja, no me sorprendería que…

—Basta —dijo Red Sam—. Trae las Coca-Colas a esta gente. Y la mujer se retiró a buscar el resto del pedido.

—Un hombre bueno es difícil d’encontrar —dijo Red Sammy—. Las cosas s’están poniendo cada vez más feas. Yo m’acuerdo de qu’antes podías salir sin echar el cerrojo a la puerta. Eso s’acabó.

Él y la abuela hablaron de tiempos mejores. La anciana dijo que en su opinión Europa tenía la culpa de la situación actual. Dijo que por la manera en que actuaba Europa se podía llegar a pensar que estábamos hechos de dinero, y Red Sammy dijo que no valía la pena hablar de eso y que tenía toda la razón. Los chicos salieron corriendo a la luz blanca del sol y observaron al mono encadenado al árbol. Estaba entretenido quitándose pulgas y las mordía una a una como si se tratase de un bocado exquisito.

De nuevo partieron en la tarde calurosa. La abuela dormitaba y se despertaba a cada rato con sus propios ronquidos. En las afueras de Toombsboro se despertó y se acordó de una vieja plantación que había visitado en los alrededores una vez, cuando era joven. Dijo que la mansión tenía seis columnas blancas en el frente y que había una avenida de robles que conducía hasta la casa y dos pequeñas glorietas con enrejado de madera donde te sentabas con tu pretendiente después de pasear por el jardín. Recordaba con exactitud por qué carretera había que doblar para llegar allí. Sabía que Bailey no estaría dispuesto a perder el tiempo viendo una casa vieja, pero cuanto más hablaba de ella más ganas tenía de volver a verla y comprobar si las dos pequeñas glorietas seguían en pie.

—Había un panel secreto en la casa —afirmó astutamente, sin decir la verdad pero deseando que lo fuera—, y se contaba que toda la plata de la familia estaba escondida allí cuando llegó Sherman, pero nunca la encontraron…

—¡Eeeh! —dijo John Wesley—. ¡Vamos a verlo! ¡L’encontraremos nosotros! ¡Lo registraremos to y l’encontraremos! ¿Quién vive allí? ¿Dónde hay que girar? Eh, papá, ¿no podemos girar allí?

—¡Nunca hemos visto una casa con un panel secreto! —chilló June Star—. ¡Vayamos a la casa con el panel secreto! Eh, papá, ¿no podemos ir a ver la casa con el panel secreto?

—No está lejos d’aquí, lo sé —aseguró la abuela—. No tardaríamos más de veinte minutos.

Bailey miraba al frente. Tenía la mandíbula tan rígida como la herradura de un caballo.

—No —dijo.

Los chicos comenzaron a alborotar y a gritar que querían ver la casa con el panel secreto. John Wesley la emprendió a patadas contra el respaldo del asiento delantero, y June Star se colgó del hombro de su madre y le gimoteó desesperada al oído que nunca se divertían, ni siquiera en vacaciones, que nunca les dejaban hacer lo que querían. El bebé empezó a llorar y John Wesley pateó el respaldo del asiento con tal fuerza que su padre notó los golpes en los riñones.

—¡Muy bien! —gritó, y aminoró la marcha hasta parar a un costado de la carretera—. ¿Quieren cerrar la boca? ¿Quieren cerrar la boca un minuto? Si no se callan, no iremos a ningún lado.

—Sería muy educativo pa ellos —murmuró la abuela.

—Muy bien —dijo Bailey—, pero métanse esto en la cabeza: es la única vez que vamos a parar por algo así. La primera y la última.

—El camino de tierra donde debes doblar queda dos kilómetros atrás —observó la abuela—. Lo vi cuando lo pasamos.

—Un camino de tierra —gruñó Bailey.

Después de dar la vuelta en dirección al camino de tierra, la abuela recordó otros detalles de la casa, el hermoso vidrio sobre la puerta de entrada y la lámpara de velas en el recibidor. John Wesley dijo que el panel secreto probablemente estaría en la chimenea.

—No se puede entrar en esa casa —dijo Bailey—. No sabemos quién vive allí.

—Mientras ustedes hablan con la gente delante de la casa, yo correré hacia la parte d’atrás y entraré por una ventana —propuso John Wesley.

—Nos quedaremos todos en el coche —dijo la madre.

Doblaron por el camino de tierra y el coche avanzó a tropezones en un remolino de polvo colorado. La abuela recordó los tiempos en que no había carreteras pavimentadas y hacer cincuenta kilómetros representaba un día de viaje. El camino de tierra era abrupto y súbitamente se encontraban con charcos y curvas cerradas en terraplenes peligrosos. Tan pronto se hallaban en lo alto de una colina, desde donde se dominaban las copas azules de los árboles que se extendían a lo largo de kilómetros, como en una depresión rojiza dominada por los árboles cubiertos de una capa de polvillo.

—Mejor será que aparezca ese lugar antes de un minuto —dijo Bailey—, o daré la vuelta.

Daba la impresión de que nadie había pasado por aquel camino desde hacía meses.

—No falta mucho —comentó la abuela, y apenas lo hubo dicho cuando tuvo un pensamiento horrible. Le produjo tal vergüenza que la cara se le puso colorada y se le dilataron las pupilas y sus pies dieron un salto, de modo que movieron la bolsa de viaje en el rincón. En el momento en que se movió la bolsa, el periódico que había colocado sobre la cesta se levantó con un maullido y Pitty Sing, el gato, saltó sobre el hombro de Bailey.

Los chicos cayeron al suelo y su madre, con el bebé en brazos, salió disparada por la portezuela y se desplomó en la tierra; la vieja dama se vio arrojada hacia el asiento delantero. El automóvil dio una vuelta y aterrizó sobre el costado derecho, en una zanja al lado del camino. Bailey se quedó en el asiento del conductor con el gato —de rayas grises, cara blanca y hocico naranja— todavía agarrado al cuello como una oruga. Tan pronto como los chicos se dieron cuenta de que podían mover los brazos y las piernas, salieron arrastrándose del coche y gritaron: «¡Hemos tenío un accidente!». La abuela estaba hecha un ovillo bajo el salpicadero y esperaba estar tan malherida que la furia de Bailey no cayera sobre ella. El pensamiento terrible que había tenido antes del accidente era que la casa que recordaba tan vívidamente, no estaba en Georgia, sino en Tennessee.

Bailey se quitó el gato del cuello con las manos y lo arrojó por la ventanilla contra el tronco de un pino. Luego salió del coche y empezó a buscar a la madre de los chicos. Estaba sentada en la cuneta, con el chico, que no paraba de llorar, en brazos, pero sólo había sufrido un corte en la cara y tenía un hombro roto. «¡Hemos tenío un accidente!», gritaban los chicos en un delirio de felicidad.

—Pero nadie se ha muerto —señaló June Star con cierta desilusión, mientras la abuela salía rengueando del coche, con el sombrero todavía prendido a la cabeza pero el encaje delantero roto y levantado en un airoso ángulo y el ramito de violetas caído a un costado.

Se sentaron todos en la cuneta, excepto los chicos, para recobrarse de la conmoción. Estaban todos temblando.

—Tal vez pase algún coche —dijo la madre de los niños con voz ronca.

—Creo que m’hecho daño en algún órgano —comentó la abuela apretándose el costado, pero nadie le prestó atención.

A Bailey le castañeteaban los dientes. Llevaba una camisa amarilla de sport, con un estampado de loros en un azul vivo y tenía la cara tan amarilla como la camisa. La abuela decidió no comentar que la casa en cuestión estaba en Tennessee.

La carretera quedaba unos tres metros más arriba y sólo podían ver las copas de los árboles al otro lado. Detrás de la cuneta donde estaban sentados había más árboles, altos, oscuros y graves. A los pocos minutos divisaron un coche a cierta distancia, en lo alto de una colina; avanzaba lentamente como si sus ocupantes los estuvieran observando. La abuela se puso en pie y agitó los brazos dramáticamente para atraer su atención. El automóvil continuó avanzando con lentitud, desapareció en un recodo y volvió a aparecer, rodando aún más despacio, sobre la colina por la que ellos habían pasado.

Era un vehículo grande y baqueteado, parecido a un coche fúnebre. Había tres hombres dentro. Se detuvo justo a su lado y durante unos minutos el conductor miró fija e inexpresivamente hacia donde estaban sentados, sin decir palabra. Luego volvió la cabeza, susurró algo a los otros dos y se apearon. Uno era un muchacho gordo con pantalones negros y una sudadera roja con un semental plateado estampado delante. Caminó, se colocó a la derecha del grupo y se quedó mirándolos con la boca entreabierta en una floja sonrisa burlona. El otro llevaba pantalones color caqui, una chaqueta de rayas azules y un sombrero gris echado hacia delante que le tapaba casi toda la cara. Se acercó despacio por la izquierda. Ninguno de los dos habló.

El conductor salió del coche y se quedó junto a él mirándolos. Era mayor que los otros. Su pelo empezaba a encanecer y llevaba unas gafas con montura plateada que le daban aspecto académico. Tenía el rostro largo y arrugado, y no llevaba camisa ni camiseta. Vestía unos tejanos que le quedaban demasiado ajustados y llevaba en la mano un sombrero y una pistola. Los dos muchachos llevaban pistolas.

—¡Hemos tenío un accidente! —gritaron los niños.

La abuela tuvo la extraña sensación de que conocía al hombre de las gafas. Le sonaba tanto su cara que era como si le hubiera conocido de toda la vida, pero no lograba recordar quién era. Él se alejó del coche y empezó a bajar por el terraplén dando los pasos con sumo cuidado para no resbalar. Calzaba zapatos blancos y marrones y no llevaba calcetines; sus tobillos eran flacos y rojos.

—Buenas tardes —dijo—. Veo que han tenío un accidente de na.

—¡Hemos dao dos vueltas de campana! —dijo la abuela.

—Una —corrigió él—. Lo hemos visto. Hiram, prueba el coche a ver si funciona —indicó en voz baja al muchacho del sombrero gris.

—¿Pa qué lleva esa pistola? —preguntó John Wesley—. ¿Qué va hacer con ella?

—Señora —dijo el hombre a la madre de los chicos—, ¿le importaría decirles a esos chicos que se sienten a su lao? Los niños me ponen nervioso. Quiero que se queden sentados juntos.

—¿Quién es usté pa decirnos lo que debemos hacer? —preguntó June Star.

Detrás de ellos, la línea de los árboles se abrió como una oscura boca.

—Vengan aquí —dijo la madre.

—Verá usted —dijo Bailey de pronto—, estamos en un apuro. Estamos en…

La abuela soltó un chillido. Se levantó trabajosamente y lo miró de hito en hito.

—¡Usté es el Desequilibrado! ¡Lo he reconocío na más verlo!

—Sí, señora —dijo el hombre, que sonrió levemente como si estuviera satisfecho a pesar de que lo hubieran reconocido—, pero habría sido mejor pa todos ustedes, señora, que no me hubiese reconocío.

Bailey volvió la cabeza bruscamente y dijo a su madre algo que dejó atónitos hasta a los niños. La anciana se echó a llorar y el Desequilibrado se ruborizó.

—Señora —dijo—, no se disguste. A veces un hombre dice cosas que no piensa. No creo qu’haya querido hablarle d’esa manera.

—Tú no dispararías a una dama, ¿verdá? —dijo la abuela, que se sacó un pañuelo limpio del puño y empezó a secarse los ojos.

El Desequilibrado clavó la punta del zapato en el suelo, hizo un pequeño hoyo y luego lo tapó de nuevo.

—No me gustaría na tener qu’hacerlo.

—Escucha —dijo la abuela casi a gritos—, sé qu’eres un buen hombre. No pareces tener la misma sangre que los demás. ¡Sé que debes de venir d’una buena familia!

—Sí, señora —afirmó él—, la mejor del mundo. —Cuando sonreía mostraba una hilera de fuertes dientes blancos—. Dios nunca creó a una mujer mejor que mi madre, y papá tenía un corazón d’oro puro.

El muchacho de la sudadera roja se había colocado detrás de ellos con la pistola en la cadera. El Desequilibrado se acuclilló.

—Vigila a los niños, Bobby Lee —dijo—. Sabes que me ponen nervioso.

Miró a los seis apiñados ante él y dio la impresión de estar incómodo, como si no se le ocurriera qué decir.

—No hay ni una nube en el cielo —comentó alzando la vista—. No se ve el sol, pero tampoco hay nubes.

—Sí, es un día hermoso —dijo la abuela—. Escucha, no te tendrías que apodar el Desequilibrado, porque yo sé que en el fondo eres un hombre bueno. Con solo mirarte ya me doy cuenta.

—¡Calla! —gritó Bailey—. ¡Calla! ¡Cállense todos y déjenme a mí arreglar esto! —Estaba en cuclillas como un atleta a punto de iniciar la carrera, pero no se movió.

—Muchas gracias, señora —dijo el Desequilibrado, y dibujó un circulito con la culata de la pistola.

—Tardaremos una media hora en arreglar el coche —avisó Hiram mirando por encima del capó abierto.

—Bueno, primero tú y Bobby Lee lleven a él y al niño allá —dijo el Desequilibrado señalando a Bailey y a John Wesley—. Los muchachos quieren preguntarle algo —explicó a Bailey—. ¿Le importaría acompañarlos hasta el bosque?

—Escuche —comenzó Bailey—, ¡estamos en un gran aprieto! Nadie se da cuenta de lo qu’es esto. —Y se le quebró la voz. Tenía los ojos tan azules y brillantes como los loros de su camisa, y se quedó absolutamente inmóvil.

La abuela levantó la mano para ponerse bien el ala del sombrero como si fuera al bosque con él, pero se le desprendió entre los dedos. Se quedó mirándola y después de un segundo la dejó caer al suelo. Hiram levantó a Bailey tomándolo del brazo como si estuviera ayudando a un anciano. John Wesley agarró la mano de su padre y Bobby Lee se colocó detrás de ellos. Se encaminaron hacia el bosque y, cuando llegaron al borde oscuro, Bailey se dio la vuelta y, apoyándose contra el tronco gris y pelado de un pino, gritó:

—¡Estaré de vuelta en un minuto, espérame, mamá!

—¡Vuelve ahora mismo! —exclamó la abuela, pero todos desaparecieron en el bosque—. ¡Bailey, hijo! —gritó con voz trágica, pero se encontró con que estaba mirando al Desequilibrado, que estaba acuclillado delante de ella—. Sé muy bien qu’eres un hombre bueno —le dijo con desesperación—. ¡No eres una persona corriente!

—No, no soy un hombre bueno —repuso el Desequilibrado un instante después, como si hubiera considerado su afirmación con sumo cuidado—, pero tampoco soy lo peor del mundo. Mi viejo decía que yo era un perro de raza diferente de la de mis hermanos y hermanas. «Mira —decía mi viejo—, hay algunos que pueden vivir toa su vida sin preguntarse por qué y otros que tienen que saber el porqué, y este muchacho es d’estos últimos. ¡Va estar en to!»

Se puso el sombrero y súbitamente alzó la mirada y la dirigió hacia el bosque como si de nuevo se sintiera incómodo.

—Perdonen qu’esté sin camisa delante de ustedes, señoras —añadió encorvando un poco los hombros—. Enterramos la ropa que teníamos cuando escapamos y nos apañamos con lo que tenemos hasta que consigamos algo mejor. Esta ropa nos la prestaron unos tipos que encontramos.

—No pasa na —observó la abuela—. Tal vez Bailey tenga otra camisa en su maleta.
—Luego la buscaré —dijo el Desequilibrado.

—¿Adónde se lo están llevando? —gritó la madre de los niños.

—Papá era un gran tipo —dijo el Desequilibrado—. No había quien l’engañara. Pero nunca tuvo problemas con las autoridades. Tenía l’habilidá de saber tratarlos.

—Tú podrías ser honrado si te lo propusieras —afirmó la abuela—. Piensa en lo bonito que sería establecerse en algún sitio y vivir cómodamente sin que nadie t’estuviera persiguiendo to el tiempo.

El Desequilibrado escarbaba en el suelo con la culata de la pistola como si estuviera reflexionando sobre estas palabras.

—Sí, siempre hay alguien persiguiéndote —murmuró.

La abuela reparó en cuán delgados eran sus omóplatos detrás del sombrero, porque estaba de pie y lo miraba desde arriba.

—¿Rezas alguna vez? —preguntó.

Él negó con la cabeza. Ella sólo vio cómo el sombrero negro se movía entre sus omóplatos.

—No.

Sonó un disparo de pistola en el bosque, seguido de inmediato por otro. Luego, silencio. La cabeza de la anciana dio una sacudida. Oyó cómo el viento se movía entre las copas de los árboles como una larga inspiración satisfecha.

—¡Bailey, hijo! —gritó.

—Durante un tiempo fui cantante de gospel —explicó el Desequilibrado—. He sido casi to. Serví en el Ejército de Tierra y en la Marina, aquí y en el extranjero. Me casé dos veces, trabajé de sepulturero, trabajé en los ferrocarriles, aré la madre tierra, presencié un tornado, una vez vi quemar vivo un hombre. —Y miró a la madre de los chicos y a la niña, que estaban sentadas muy juntas, con la cara blanca y los ojos vidriosos—. Hasta he visto azotar a una mujer.

—Reza, reza —empezó a repetir la abuela—, reza, reza…

—No era un chico malo por lo que recuerdo —prosiguió el Desequilibrado con voz casi soñadora—, pero en algún momento hice algo malo y m’enviaron a la penitenciaría. M’enterraron vivo.

Miró hacia arriba y mantuvo la atención de la abuela con una mirada fija.

—Fue entonces cuando deberías haber comenzado a rezar —dijo ella—. ¿Qu’hiciste pa que te enviaran a la penitenciaría la primera vez?

—Doblabas a la derecha y había una pared —explicó el Desequilibrado con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes—. Doblabas a la izquierda y había una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo. Olvidé lo qu’había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar lo qu’había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo. De vez en cuando pensaba que lo recordaría, pero no fue así.

—Tal vez t’encerraron por error —apuntó la anciana. —No —dijo él—. No hubo error. Había pruebas contra mí. —Tal vez robaste algo.

El Desequilibrado soltó una risita burlona.

—Nadie tenía na que yo quisiese. Un jefe de médicos de la penitenciaría dijo que lo que yo había hecho fue matar a mi padre, pero sé que es mentira. Mi viejo murió en mil novecientos diecinueve de la epidemia de gripe y yo nunca tuve na que ver con eso. L’enterraron en el cementerio de la iglesia baptista de Mount Hopewell y usté puede ir y verlo por sí misma.

—Si rezaras —dijo la anciana—, Cristo te ayudaría.

—Así es.

—Entonces, ¿por qué no rezas? —preguntó ella, temblando de súbita alegría.

—No quiero ninguna ayuda. Solo, las cosas me van bien.

Bobby Lee y Hiram regresaron del bosque con paso lento. Bobby Lee arrastraba una camisa amarilla con loros azules estampados.

—Tírame esa camisa, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado.

La camisa llegó volando, aterrizó en su hombro y se la puso. La abuela no podía pensar en lo que le hacía recordar esa camisa.

—No, señora —prosiguió el Desequilibrado mientras se abrochaba los botones—, comprendí que el delito da igual. Puedes hacer una cosa o hacer otra, matar a un hombre o quitarle una rueda del coche, porque tarde o temprano t’olvidas de lo qu’has hecho y simplemente te castigan por ello.

La madre de los chicos comenzó a emitir sonidos entrecortados, como si no pudiese respirar.

—Señora —dijo él—, ¿podrían usted y la pequeña acompañar a Hiram y a Bobby Lee hasta donde está su esposo?

—Sí, gracias —dijo la madre débilmente. Su brazo izquierdo colgaba inútil, y llevaba al bebé, que se había quedado dormido, en el otro.

—Ayuda a la señora, Hiram —dijo el Desequilibrado, cuando ella trataba penosamente de subir por la zanja—. Y tú, Bobby Lee, toma a la pequeña de la mano.
—No quiero que me dé la mano —replicó June Star—. Parece un cerdo.

El muchacho gordo se ruborizó y se rió, la tomó de la mano y tiró de ella hacia el bosque detrás de Hiram y la madre.

Sola con el Desequilibrado, la abuela se dio cuenta de que había perdido la voz. No había una sola nube en el cielo, y tampoco sol. No había nada a su alrededor excepto el bosque. Quiso decirle que debía orar. Abrió y cerró la boca varias veces antes de que saliera algo. Finalmente se encontró a sí misma diciendo: «Jesús, Jesús». Quería decir «Jesús t’ayudará», pero de la manera en que lo decía era como si estuviera maldiciendo.

—Sí, señora —dijo el Desequilibrado como si le estuviera dando la razón.­– Jesús rompió el equilibrio de todo. Le ocurrió lo mismo que mí, salvo que Él no había cometido ningún crimen y en mi caso pudieron probar que yo había cometido uno porque tenían los documentos contra mí. Por supuesto, nunca me mostraron los papeles. Por eso ahora pongo la firma. Dije hace mucho tiempo: te consigues una firma y firmas to lo qu’haces y te quedas con una copia. Entonces sabrás lo qu’has hecho y podrás contraponer el delito con el castigo y ver si se corresponden y al final tendrás algo pa probar que no t’han tratao como debían. Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante`l castigo.

Se oyó un grito desgarrador en el bosque, seguido de inmediato por un disparo.

—¿Le parece bien a usté, señora, que a uno le castiguen mucho y a otro no le castiguen na?

—¡Jesús! —gritó la anciana—. ¡Tienes buena sangre! ¡Yo sé que no dispararías a una dama! ¡Sé que vienes d’una familia buena! ¡Reza! Por Dios, no deberías disparar a una dama. ¡Te daré to el dinero que tengo!

—Señora —repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque—, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.

Se oyeron otros dos disparos y la abuela levantó la cabeza como un viejo pavo sediento pidiendo agua y gritó: «¡Bailey, hijo, Bailey, hijo!», como si fuera a partírsele el corazón.

—Jesús es el único qu’ha resucitao a los muertos —continuó el Desequilibrado—, y no tendría qu’haberlo hecho. Rompió el equilibrio de to. Si Él hacía lo que decía, entonces sólo te queda dejarlo to y seguirlo, y si no lo hacía, entonces sólo te queda disfrutar de los pocos minutos que tienes de la mejor manera posible, matando a alguien o quemándole la casa o haciéndole alguna otra maldad. No hay placer, sino maldad —dijo, y su voz casi se había transformado en un gruñido.
—Tal vez no resucitó a los muertos —murmuró la anciana, sin saber lo que estaba diciendo y sintiéndose tan mareada que se dejó caer en la zanja sobre las piernas cruzadas.
—Yo no estaba allí, así que no puedo decir que no lo hizo —repuso el Desequilibrado—. Ojalá hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d’haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d’haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.

Su voz parecía a punto de quebrarse y la cabeza de la abuela se aclaró por un instante. Vio la cara del hombre contraída cerca de la suya como si estuviera a punto de llorar, y entonces murmuró:

—¡Si eres uno de mis niños! ¡Eres uno de mis hijos!

Tendió la mano y lo tocó en el hombro. El Desequilibrado saltó hacia atrás como si le hubiera mordido una serpiente y le disparó tres veces en el pecho. Luego dejó la pistola en el suelo, se quitó las gafas y se puso a limpiarlas.

Hiram y Bobby Lee regresaron del bosque y se detuvieron junto a la cuneta para observar a la abuela, que estaba medio sentada, y medio tendida en un charco de sangre, con las piernas cruzadas como las de un niño, y su rostro sonreía al cielo sin nubes. Sin las gafas, los ojos del Desequilibrado estaban bordeados de rojo y tenían una mirada pálida e indefensa.

—Llévensela y déjenla donde dejaron a los otros —dijo, y tomó al gato, que se estaba refregando contra su pierna.

—Era una charlatana —dijo Bobby Lee, y bajó a la zanja cantando.

—Habría sido una buena mujer —dijo el Desequilibrado— si hubiera tenío a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.

—¡Pequeña diversión! —dijo Bobby Lee.

—Cállate, Bobby Lee —dijo el Desequilibrado—. No hay verdadero placer en la vida.

*Publicado originalmente en: Modern Writting I, al cuidado de William Phillips y Philip Rahu, 1953. Reimpreso en The House of Fiction, 1960, al cuidado de Caroline Gordon y Allen Tate. Primer relato de la recopilación que lleva el mismo título.

AUTOR: Flannery O’Connor

NACIONALIDAD: estadounidense

LIBRO: Cuentos completos

AÑO DE PUBLICACIÓN: 2014

EDITORIAL:  Editorial Debolsillo

PAÍS: España

PÁGINAS: 189-212


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LA REBELIÓN

     Nadie sabe en qué momento han comenzado a reunirse, ni cómo han podido atravesar los cordones de tropas. Lo más extraño de todo es por qué descuido, respeto o indiferencia han dejado reunirse a esas mujeres. Justo ahora y allí, en esta amenaza de catástrofe que pesa sobre la ciudad desde la madrugada.

     A las cuatro en punto un fuerte destacamento al mando de un oficial de comunicaciones irrumpió en la central de teléfonos. Fue el primer indicio que tuvimos del cuartelazo. Las cosas comenzaban pues como de costumbre, de modo que en el primer momento no nos alarmamos demasiado. La «crisis» -como llaman los diarios cautamente a estos cólicos endémicos del régimen- no era secreto para nadie.  Pero de un tiempo a esta parte eran tan frecuentes que se había dejado de pensar en ella.

     Un poco antes de medianoche, los corresponsales de las agencias extranjeras habían enviado el despacho de rigor; un mismo texto para todos, que ya venía redactado en papel con membrete del departamento de prensa de la presidencia: «Reina absoluta tranquilidad en todo el país. El gobierno garantiza el orden y la libertad de trabajo a la población. Los movimientos de tropas que se han observado en los últimos días responden a ejercicios de rutina, que los círculos adversos al gobierno tratan de explotar, como siempre, con evidentes móviles subversivos.»

Así que de nuevo.

     Después un avión comenzó a sobrevolar la ciudad a baja altura durante toda la noche. Sospechamos que se trataba de uno de los vuelos de placer, también de rutina,  que según la propaganda de oposición suele dar el General con sus íntimos y sus vestales de turno para cambiar de escenario y de ambiente. Se murmura que ocurren cosas muy divertidas allá arriba, deliciosas orgías, cosas que ni siquiera puede uno figurarse. La campaña de  desprestigio de los «círculos adversos» no se detiene ni ante la vida privada de los hombres de gobierno.

Como contagiado por ella, Muleque, dijo cuando oímos el avión:

-¡Ya están farreando otra vez!

-Y, viejo –le dije-, dejalos que se diviertan un poco. Ellos se sacrifican. Están en su derecho. ¿O es que les tenés envidia?

-¡Mierda!-farfulló revoleando furioso los ojos.

     A mí me gustaba picarlo, remover esa indignación que lo poseía por entero cuando yo bromeaba sobre las cosas que a él lo crispaban. Una cólera sorda de impotencia, de coraje, de asco, lo estremecía de arriba abajo y le hacía temblar el muñón de la pierna en una especie de espasmo casi epiléptico.

-El General -seguí insistiendo- combina su hobby de la aviación con el de las mujeres. ¿Sabés lo que dicen que hace allá arriba? ¿Sabés lo último que hacer? Se larga de picada sobre el Panteón de los Héroes, mientras…

-¡Me importa un cuerno! –me cortó con rabia. Sus labios gruesos temblaban dejando entrever las encías sanguinolentas, comidas por la piorrea.

-Ése por lo menos no va a morir en la cama –dije aún-. Un día le va a agarrar un infarto en la picada y se va a hacer bosta sobre el Panteón con putas y todo. ¡Será lindo de ver el Douglas presidencial clavado de nariz en la cúpula! ¿No te parece?

     El escupitajo de Muleque erró la salivadera; se enchufó el palo y empezó a tamborilear en el Morse mecánicamente, con la mandíbula casi hundida en el pecho.

El avión continuó runruneando sobre las calles. Se alejaba y volvía sobrevolando el centro, la Escuela Militar, el Cuartel de la Policía, las cañoneras fondeadas de la bahía, y de seguro los caminos de  acceso a la ciudad. Ahora sabíamos que se trataba de una de las orgías aéreas del General.

    El golpe de mano nos tomó de sorpresa. A esa hora muerta el alba, cabeceando de sueño, Muleque y yo nos hallábamos repasando las bolillas de Civil para el examen, ante dos jarros de mate cocido ya frío, en la sala de transmisión. Muleque se llama en realidad José del Rosario Alcaraz, un apellido que tampoco debe ser el suyo porque desde los tres años, suele contar, lo metieron en el Asilo y no llegó a conocer ni siquiera a su madre, que murió un poco antes o un poco después, nunca pudo saberlo, de su entrada al Asilo. A los doce escapó del siniestro caserón mitad orfanato mitad manicomio, y desde entonces se las arregló como pudo. En una «revolución» anterior, siendo conscripto, dejó la pierna a cambio de la cual le dieron la papeleta de baja y las muletas que tiene. Lo apodamos Muleque por eso, por los palos y por su rizado pelo de zambo. Él fue quien me decidió a reanudar mis estudios en la Facultad. «Dejáte de hacer el vago», me dijo. «Esos versitos y cuentitos que escribís no van a ayudar a nadie en este país, donde la literatura vale menos que una caga de mosca.» «Yo no quiero ayudar a nadie», le dije con bronca aquella vez. «Yo escribo para mí, y si me leen o no me leen me importa un bledo. Escribo porque se me da la gana… Sí, ya sé, vas a decirme que es como masturbarse. ¿Y qué? Cada uno con lo que le calma las glándulas. A vos, la Revolución, así con mayúscula, la jeta inflada al pronunciarla. A mí, la papirofagia, o la papiropaja, si querés…» Pero un tiempo después me inscribí en la Facultad. En las discusiones con Muleque yo siempre perdía por puntos o por abandono. En la Telefónica pedimos que nos pasaran al turno de la noche, para estudiar en las horas baldías de la guaría. Así también, desde el año pasado, me hizo entrar en el movimiento clandestino. Al principio, la verdad que el asunto no me interesaba más que por su sabor a cosa prohibida y algo romántica, como el de esas logias que formaban los patriotas en tiempos de la Independencia en el pleito contra los godos, y que ahora sólo se forman para el contrabando, la quiniela o los permisos de importación.

     No es mucho lo que podemos hacer. Disponemos del código para los cifrados de Relaciones Exteriores y la Armada, con los que solemos pescar de cuando en cuando alguna que otra información interesante. El ejército ha organizado su propia red; por allí se nos escapan los peces gordos: todo el asunto de las guerrillas, por ejemplo, y también los líos internos de la aparentemente apacible vida castrense.  Hacía algún tiempo que andábamos inactivos, un poco olvidados de nuestro papel, lo que había de aumentar el malhumor de Muleque, volviéndolo retraído y taciturno. Ahora ni eso; ahora ya no está y yo no puedo hacerle bromas ni nada, y hasta me resulta difícil escribir esto, no sólo por el hombro machucado a culatazos, que me sigue doliendo como si lo tuviera entablillado con carbones encendidos, sino también porque en la celda estamos apilados como lombrices en un tarro, y cuando sacan enganchados a los que les toca interrogatorio, se remueve toda la pila y el pucho de lápiz se me escapa de las manos, entre quejidos, escupidas y empujones. Debo seguir lo que comencé en la Rémington de la sala de transmisión, y que ni siquiera  sé dónde habrá quedado. Los que están más cerca se extrañan de mi emperramiento en seguir garrapateando esto. En la semioscuridad, tengo que adivinarme la letra, sin constar que siento un cansancio, una hinchazón rara en todo el cuerpo, una hinchazón de rabia, de dolor, de tristeza, como si todavía bajara corriendo desde allá arriba donde  lo deje con la cabeza descansando sobre la muleta. Y si alguno ahora me preguntara  qué es lo que estoy escribiendo y para qué, no sabría que decirle. Tal vez me enojaría y volvería a rajarles una palabrota furiosa. Me miran de reojo, se miran entre ellos y ya no se animan a preguntarme ni a decirme nada.

     Cuando el pelotón entró como una tromba, nos quedamos clavados en las sillas. Uno de los números estuvo a punto de dar un culatazo a Muleque porque lo vio manotear sobre el palo, y creyó de seguro que iba a repelerlos a garrotazos.

-¡Muchachos, a trabajar ahora para la revolución! – nos gritó el oficial después de calmar a los suyos.

     Un centenar de soldados con equipo de campaña y profusión de automáticas se fortificó en el edificio. Los técnicos de Transradio y los demás empleados fuimos traídos a atender los conmutadores de la planta automática. Pese a todo, el enérgico capitancito se nos antojo menos fastidioso, como si su condición de sublevado hiciera tolerable su presencia allí. Ya que podía imponer nuestra colaboración con las bayonetas que trajinaban los pasillos, optamos por simular que era espontánea, fumándonos a cambio los cigarrillos que nos distribuyó de entrada no más. Del valijín que le acercó un soldado,  sacó varios cartones de Lucky y  fue arrojándonos  los paquetes con gesto deportivo. Al rato pujábamos todos en el manipuleo de los controles como si de nosotros dependiera el triunfo del alzamiento. Lo hacíamos para quedar bien pero, en el fondo, para esconder lo que pudiera lucir en nosotros de bronca o de miedo. La única compensación, como digo, era el aroma no frecuente para nosotros de esos Lucky, que tratábamos de hacer durar hasta el último restito de pucho. Muleque no; con lo que le gustaba fumar, no prendió uno solo de los importados. Con gesto de repugnancia, de desprecio, los arrojó casi de sobrepique a los más próximos.

-¿Qué te parece? –le pregunté en voz baja.

-No sé, vamos a ver –dijo como en acecho de algo que estaba sucediendo más allá de lo confusamente percibido por nosotros.

     Poco a poco las cosas se nos van aclarando a través de las comunicaciones intervenidas, de los nerviosos partes y comunicados del gobierno y de los insurrectos, que se contradicen mutuamente pero que a su vez se complementan.

     No menos de cinco mil hombres por bando están enfrentados en un radio de pocos kilómetros, desde hace diez horas. Si aún no se ha desencadenado el fuego es porque el azar actúa a veces con la espoleta mojada, y además porque al milico más que a ninguno le jode el olor de la pólvora. Debe ser por eso, digo yo. Pero hasta este momento, nadie sabe lo que está pasando entre bastidores del decorado armado para una representación que tarda en empezar.

   Mientras menudearon en la mañana los cabildeos entre parlamentarios del gobierno y de los sublevados, era claro que estaban aguardando a que otras unidades se definieran. Pero después de mediodía eso dejó de tener sentido;  para esa hora, la última de las guarniciones se había plegado al cuartelazo. Pero el General es muy astuto;  no es la primera vez que se ve entre la espada y la pared. No obstante, la ruptura de las acciones se retarda de un modo inexplicable. La confusión y el desaliento cunden en las fuerzas que están frente a frente, desgastadas por la nerviosidad y el calor de este día verdaderamente infernal.

   También nosotros hemos caído en una especie de depresión tironeada a medias por la ansiedad y el sopor. Para neutralizarla de alguna manera es que me he puesto a teclear estos apuntes, simulando que traduzco y copio las tiras del Morse, por que en definitiva las dos operaciones vienen a ser más o menos idénticas; sólo que traducir los puntos y rayas de esta descalabrada estación de mis nervios y hacerlos coincidir con los de la realidad es algo mucho más difícil.

     De pronto entra Muleque taqueando muy excitado, y dice en voz alta, sin cuidarse de los números que nos vigilan:

-Se están reuniendo en la Plaza de Armas.

-¿Quiénes?

-Las mujeres.

-¿Qué mujeres?

-Qué se yo. Mujeres.

     Un momento después me parece percibir un débil rumoreo que sube desde las calles traqueteadas por los carros de asalto, el rodar de las baterías y los desplazamientos de tropas. Tal vez la sensible vibración del susurro la hemos estado sintiendo desde hace rato más en la piel que en los oídos, entre todo ese ruido. Pero yo no la he sentido claramente hasta que Muleque ha entrado con la noticia. Me hace una seña y voy tras él, en un descuido.

     Acabo de subir con Muleque a la azotea con el cuento de que íbamos a arreglar un alambre. Trepé al antepecho haciendo como que me atareaba con una de las bajadas de antenas. Algo me dijo, pero no le presté atención en ese momento. Después me volví hacia la plaza. Al principio no las vi. Muleque me apretó el brazo y agitó las manos en dirección a los reflejos que ondean allá abajo. Entonces comencé a verlas, emergiendo poco a poco de entre la opaca brillazón de polvo y calor. Están allí, formando una compacta muchedumbre. El sol de esta tarde de diciembre no las ha hecho cejar; pero no las acobardaban tampoco las ametralladoras que erizan los balcones y las terrazas del Palacio de Gobierno, del viejo Cabildo, las troneras de la Escuela Militar y del Cuartel de Policía. Los sublevados han tendido un cinturón de cantones en torno al triángulo defensivo del gobierno; uno de ellos es el de la Telefónica, desde donde podemos observar la aproximada distribución de las fuerzas. Este triángulo tiene en la Plaza de Armas su campo de tiro forzoso; es el sector ubicado entre dos fuegos, algo así como la tierra de nadie en el enfrentamiento de los dos bandos, para esta batalla cuyo estallido se demora indefinidamente. Allí están ellas. Desde arriba se las ve muy pequeñas recortándose sobre el rojo pedregullo de la plaza que llamea al sol. Los «jeeps», los camiones armados y los coches de lujo de los mandos pasan y se entrecruzan como exhalaciones sobre el fondo de siluetas oscuras e inmóviles. A lo largo de la calle transversal que hacia las barrancas, sólo divisamos parte de la aglomeración. Muleque se me adelanta siempre un poco, o tal vez mi capacidad de visión es más lenta que la suya. Él me muestra esos nuevos grupos de mujeres que afluyen por las calles. Bajo el sol a plomo  sus siluetas se yerguen sin sombra, sombras ellas mismas con los mantos oscuros. Casi todas parecen enlutadas en la salvaje reverberación que las iguala y apelmaza en un denso y  a la vez transparente hacinamiento. Parpadeo asombrado; me parece increíble y me vuelvo hacia Muleque.

-Seguro habrán traído comida  a los soldados –digo por decir algo.

-¡Cómo para comida están ellos! –farfulla Muleque.

-Se habrán juntado para algún funeral.

-El funeral lo van a hacer después. ¿No ves que es una manifestación? –la voz le tiembla un poco.

-¿Por dónde habrán podido llegar?

-Están allí –dice Muleque.

-Pero cómo las dejaron pasar… Ah, ya sé… -no quiero darme por vencido-. Han venido desde la Catedral y el Seminario Viejo. Debe ser una procesión por el día de la Virgen.

-Ya pasó el 8 de diciembre.

-Por la octava entonces.

-Ya pasó la octava.

     Muleque no se inmuta. Para él, esas mujeres están ahí, simplemente; no le interesa cómo han podido llegar. Es posible, sin embargo, que las tropas las hayan dejado pasar y reunirse en la creencia de que se trata de una procesión religiosa, formada exclusivamente por mujeres. Pero esto mismo resulta disparatado.

     Lo primero que se adivina en el gentío en que su actitud, si bien puede confundirse con un aire de fervor religioso, no tiene nada de esa pasividad por delegación en que las procesiones parecen anclar. Este gentío está encallado en un tozudo empecinamiento, en una especie de irrevocable confianza en las propias, limitadas, débiles fuerzas. Un oleaje  que al batir la escollera se hubiese  petrificado en su propia fragilidad. Si se pudiera oírlo desde aquí, se diría que el rumor sube y se apaga por momentos en algo distinto a un bisbiseo de plegaria, como si la multitud deliberara en voz baja, como si el oleaje a pesar de su cristalizada inmovilidad continuara batiendo la escollera invisible. Pero no se puede más que imaginarlo con representaciones que uno saca de frases hechas, de los recuerdos; esto que veo allí abajo no se parece a nada conocido, y es que en el recuerdo y tal vez también en la esperanza las cosas no se parecen más que a sí mismas. Allí está pasando algo extraño. «Algo extraño como la verdad», dijo una vez Muleque, cabeceando de sueño; pero ya no me acuerdo a propósito de qué.

     Puse el cable en su lugar. Muleque ya no estaba a mi lado; sólo entonces sentí que el metal me quemaba las manos. Cuando me volví hacia los soldados, vi en sus caras brillantes de sudor una expresión burlona.

     Alrededor de las dos de la tarde han empezado a recibirse las primeras noticias de las zonas bajo control rebelde, a medida que se han ido normalizando las líneas cuyos conmutadores atiende Muleque. Aparentemente –por lo que él afirma-, en el interior del país se están produciendo manifestaciones similares a la de la Plaza de Armas. En todas las ciudades y poblados donde existen guarniciones militares, silenciosas caravanas de mujeres se han congregado frente a los cuarteles. Es casi absurdo; salvo que se trate de un fenómeno de sugestión colectiva. Quise hablar con Muleque, que en un principio nos iba soplando las novedades del interior, pero al capitán se le fue subiendo la mostaza y empezó a insultarnos a todos.

     Aprovechando el creciente desorden en la sala de controles, he tratado de llegar a la azotea, pero los soldados, esta vez, no han dejado que me acercara hacia la balaustrada. Así que no alcancé a ver el gentío de la plaza, únicamente los carros del ejército y las camionetas de radiopatrulla de la policía, zumbando excitados como cascarudos a ras de tierra en amenazas de tormenta.

     Tres de la tarde. Con el mismo pretexto de una reparación, hemos conseguido nuevamente deslizarnos con Muleque a la azotea. Es asombroso. Allá abajo continúan estando ellas, impávidas, obcecadas, en esta tierra de nadie, preñada de muerte, reverberante y sombría a la vez; allí y en todos los otros lugares donde se han reunido a impulsos de esa especie de confabulación que se ha propagado como una onda magnética.

     De pronto una camioneta ha empezado a girar alrededor de la muchedumbre, atronando el aire caldeado con sus altoparlantes, pero no se escucha lo que dice. De seguro las intiman a dispersarse. Mientras la camioneta da vueltas, la multitud permanece inmóvil. A nuestras espaldas, los soldados cabecean borrachos de sol y cansancio,  recostados en cuclillas contra las paredes roñosas de sombra de un sector de la azotea, desinteresados por completo de lo que sucede en la plaza. Nos hemos tirado con Muleque. Me ha hecho un gesto como el de quien sabe qué es lo que está ocurriendo, y se ha puesto una mano en pantalla detrás de la oreja como si las voces del altoparlante llegaran hasta él.

-Están ordenando que desalojen la plaza –traduce-. Si no se van las amenazan de que serán ametralladas.

La multitud no se ha movido. Si esas mujeres están ahí, evidentemente es porque no temen ese riesgo.

-Escuchá… -Yo no oigo nada, nada más ese sordo runruneo-. Están llamando a una de las mujeres del micrófono… -la cara de Muleque se transfigura. Los labios le tiemblan siguiendo las palabras de los altavoces, tratando de captarlas, de repetirlas-. Quieren que suba una de ellas a hablar por los parlantes…

La representación está tomando ribetes absurdos. Pero de seguro todo eso responde a una ley que por el momento se me escapa.

     Una vez más se me antoja que las siluetas enlutadas han juntado sus cabezas como en consejo, que un bisbiseo confidencial se ha propagado entre la multitud. He visto que una de las mujeres se ha adelantado hacia la camioneta;  me ha parecido que subía, pero tal vez sólo ha quedado oculta por el vehículo.

-Está hablando… -dice Muleque con una creciente exaltación-. Dice que no se van a ir… que pueden ametrallarlas si quieren… pero que no se van a ir… -Muleque tragó con fuerza-. Está haciendo un llamado a los hombres, a los esposos, a los hijos, a los hermanos…

-¿Un llamado? ¿Para qué?-pregunto sin entender.

-Para que dejen las armas… ¡Escuchá… escuchá!

     En ese momento he oído la voz; cada palabra ha resonado amplificada por los ecos como si hablaran y se correspondieran al mismo tiempo muchas voces. Los ecos han golpeado en los vidrios de las ventanas cercanas con un levísimo chirrido.

-¡Dejen las armas… abandonen los cuarteles, los cantones, los retenes, los puestos! ¡Dejen las ar…!

     Han estrangulado la voz. Hay un silencio sepulcral. Han cortado de seguro los contactos. Estoy atontado. Lo miré a Muleque; él no está mejor que yo. Se ha combado sobre la balaustrada como si le doliera el vientre y estuviera a punto de vomitar, se toma el pecho con las dos manos. Me vuelvo con ansiedad hacia los soldados, pero ellos no parecen haber oído nada. Allá abajo, despepitando muchos los ojos, veo o se me antoja ver una pequeña figura arrojada a empellones, a culatazos, y el gentío empieza a moverse.

     En eso aparece el capitán completamente empapado de sudor, los briches, la campera, pegados al hueso bajo el correaje. Tampoco parece preocupado en lo más mínimo por lo que ocurre abajo, sino irritado por la indolencia de sus subordinados. Les pega cuatro gritos y  los que están encuclillados en la sombra se remueven maquinalmente y vuelven a sus puestos de mala gana. El capitán da la espalda a la plaza. Bajo el sobaco le negrean los prismáticos. Yo casi extiendo la mano y se los arranco con las ganas que tengo de ver mejor el gran remolino que se está produciendo allá abajo…

     Me cuesta mucho continuar escribiendo. Tengo la sensación de que el trozo de lápiz se me va alejando cada vez más con la mano descoyuntada, y el esfuerzo para cada trazo me iguala todo el cuerpo en un solo dolor, me aplana contra el piso de la celda como si yo fuera el papel en que escribo. Pero ahora debo seguir de cualquier manera, a como dé fin a estos apuntes. Por Muleque y por mí; pero más por los dos, por eso que ha pasado y que los demás callan como si cada uno quisiera guardar para sí el sabor de esa esperanza en el fondo de su desesperanza. No hablan, pero se les nota en las miradas febriles, en el modo que tienen de mirarme con una actitud de complicidad en un secreto. Son pocos, pero yo los reconozco. Están también los otros, los que me miran con ojos macilentos de reprobación y de miedo, y ya ni siquiera contestan a las preguntas que hago a los más próximos, no tanto para precisar algunos detalles como para confundirlos y avergonzarlos. Es inútil que quieran convencerme de que no hubo combate, que no se disparó un solo tiro, que las tropas volvieron tranquilamente a sus cuarteles y que todo sigue como antes. Muleque no murió porque le hubiera reventado el corazón el impacto de aquello que veíamos desde la azotea. Yo vi que los soldados del cantón se negaron a hacer fuego y que el capitán disparó sobre Muleque. Y si ahora me miran y callan burlones cuando yo les digo que fue así, es porque quieren denigrar a Muleque y tratan de exasperarme a mí. Cuando alguno entra como borracho, arrastrando los ojos por el suelo, lleno de moretones y con los huesos rotos por los golpes, sé que es otro que ha mentido,  que no se ha animado a decir la verdad, y lo desprecio. Los que han dicho la verdad no han vuelto. Yo tampoco volveré; por eso escribo esto, para que se sepa lo que ocurrió.

     Cuando en distintos sitios rompió a crepitar el fuego, Muleque se volvió a los soldados y les gritó que no tiraran sobre las mujeres. Los que habían hecho chasquear los cerrojos bajaron poco a poco las armas, como dije. El capitán desenfundó entonces la pistola y disparó contra Muleque, que se derrumbó sobre el antepecho, girando sobre sí mismo hasta quedar enganchado de los brazos, de cara a la plaza. Él no podía ver ya que los soldados de nuestro cantón se negaban a disparar. Blandiendo la pistola como un energúmeno,  el capitán les ordenó que lo hicieran. Pero ellos no se movieron y lo miraron fijo, como desafiándolo. Se abalanzó contra los sirvientes de una automática. No pudo llegar. Una ráfaga lo tumbó de bruces, se retorció un instante convulsivamente, y se quedó inmóvil.

     Escondido en un hueco de la mampostería, yo miraba todo ese vértigo que parecía fuese a durar una eternidad. Pero al levantar la mirada, vi lo indecible. Las murallas de la Escuela Militar rebullían por lo alto de arracimadas cabezas en el resplandor ígneo de la tarde. Los más apurados se descolgaban desde las troneras. Parecían racimos de hormigas deslizándose contra la blancura de cal de las murallas. Las puertas se abrieron y vomitaron elásticas siluetas. Era una deserción en masa. Los jóvenes cadetes se habían hecho pasibles de ser fusilados por la espalda. Avanzaron hacia la plaza, formando una muralla de pechos humanos. El estrépito se agigantaba allí. Los carros de asalto llegaron raudamente para ametrallar a los desertores, pero los hombres de la tropa, muchachos, adolescentes, niños casi, se desacataron. No escuchaban, no podían oír las órdenes, los gritos espasmódicos, sordos a todo lo que no fuese ese retumbo que los llenaba y les manda desde adentro. En un abrir y cerrar de ojos se consumó otra deserción en masa, que dejó boqueando de ciega impotencia a unos grotescos muñecos. Vociferaban, chillaban, se agitaban en las plataformas de los carros vacíos. No se les veía sino los agujeros negros de las bocas en  medio del fragor. Trataban de aferrar las automáticas, pero fueron reducidos por una nueva oleada de combatientes, invisibles hasta ese momento. Desde las casas, desde las barrancas, irrumpían grupos cada vez más numerosos de civiles que se apoderaron de los nidos de ametralladoras, de los carros de asalto, de las piezas de artillería, de las automáticas.

-¡Ellos… son ellos, Miguel! –oí murmurar a Muleque.

     Los cadetes, los efectivos de los batallones desintegrados se plegaron y aposicionaron con las brigadas civiles, cuyas vanguardias avanzaban incontrastablemente hacia el Palacio de Gobierno.

     Me quedé solo con Muleque. Los desprendí del antepecho. Le puse despacio sus muletas como almohada. Me miró con sus ojos agónicos, pero él debía escuchar todavía el fragor del combate, el ruido de los pasos, de los millares de pasos sobre las piedras, entre ellos los suyos, aun los de ese pie que le comió la revolución, en esta victoriosa marcha con la que había soñado tanto tiempo. Me tenía agarrada una mano. Sus labios amoratados se movieron con esfuerzo.

-Vamos a los conmutadores… -susurró aún-. Ayudame, Miguel…

-Sí, Muleque.

-Tenemos… que transmitir la noticia… lo último fue ya apenas el gorgoteo de un estertor.

Me costó cerrar los párpados en ese rostro que alumbraba la sonrisa de un muerto. Después bajé corriendo.

AUTOR: Augusto Roa Bastos

NACIONALIDAD: paraguayo

LIBRO: El baldío

AÑO DE PUBLICACIÓN: 1966

EDITORIAL:  Alfaguara

PAÍS: España

PÁGINAS: 50-62


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