Contrarreflejos

Contrarreflejos

LOS COYOTES

  PARA BEATRIZ ALVAREZ

  Si corremos con suerte, las incertidumbres dejarán de sernos el infierno.

 — Usted debe aprender a manejarse entre estas gentes. No le será fácil al principio; pero poco a poco se irán acostumbrando a usted y usted a ellos. Ya en la calle, no nos queda de otra más que hermanarnos. Este país cada día está peor.

El nuevo, con un dejo de inseguridad, escuchaba. Se había amarrado las correas de las botas en varias ocasiones y había intentado toser. Su jefe inmediato, que en ese momento conducía el picop, le dijo que se mantuviera calmado y que nunca dejara notar inseguridad a la hora de un cateo o de un arresto.

— Es difícil las primeras veces, pero con el tiempo uno se acostumbra. ¿Por qué vino a terminar acá?

— No hay trabajo y hay que darle de comer a la mujer y a los hijos.

El piloto había parpadeado. Aceleró

— Páseme un cigarro. Tome uno usted, si quiere. Yo siempre fumo, a cualquier hora, a medio día o en la noche o durante la mañana. No importa la hora. Es cierto, allá afuera no hay trabajo. ¿Antes de esto a qué se dedicaba?

— Estaba estudiando derecho. Después traté de irme a los Estados Unidos.

— ¿Eso hacen todos los de por allá de donde usted es, verdad? Si, su nombre y sus apellidos son muy de por allá. Cipriano, ese es un nombre de pueblo, de indio.  Yo también crecí entre ellos, ya hace muchos años que dejé ese lugar. Mis parientes de por allá se han muerto. No lo sé. Quedarán algunos familiares muy lejanos.

— Traté de cruzar el desierto.

Efectivamente, había decidido irse. Su esposa lloró al saber la noticia. Su hijo, que entonces tenía ocho meses, lloró como si le estuvieran arrancando las orejas.  Ya vengo, fueron sus palabras

— Eso lo vienen haciendo desde hace más de cuarenta años. Yo recuerdo cuando irse a los Estados Unidos se puso de moda. Todo mundo anhelaba irse y regresar con dinero suficiente para comprarse un carro y casarse con la más bonita del pueblo. Algunos cercanos míos también se fueron. Dos se quedaron a vivir allá y uno murió en el desierto.

— Lo de cruzar el desierto es arriesgado. Cierto, unos pierden la vida allí. Casi todo el camino es cuestión de esquivar a la migra, permanecer en moteles, movilizarse en buses, comprar identificaciones falsas; pero no por eso se puede evitar cruzar el desierto o el famoso paso por el río Bravo. Y, luego, la vida allá…

— De manera que estuvo viviendo un tiempo allá. ¿Y no que solo fue un intento?

—  Estuve poco tiempo, por eso prefiero decir que fue un intento.

— ¿Y qué se siente haber sido gringo?

— Uno debe acostumbrarse para que la humillación no lo mate.

A su paso por el desierto, ya cuando estaba por terminarse la parte más dura del viaje, todos se desplomaron de cansancio. Pueden tomar agua, había dicho el coyote, pero a esa hora Cipriano solo quería dormir. Quedó tendido en el suelo sin prestarle atención a nada más que al cielo. A su lado, empezaron a forcejear. Los gemidos pudieron ser de su madre o de su esposa que no habría levantado un solo dedo para impedir que el coyote se saliera con la suya.  Así es como uno corre para superar la miseria: toma todo lo que le queda y lo echa al desagüe o a la letrina para que la humillación no lo derribe: entra ya con el corazón vuelto un basurero. Así se han acostumbrado muchos. Dicen que por rozar una porción del sueño que se les niega y se les mutila desde el nacimiento, están dispuestos a hundirse en el infierno.

— Pero cuando vuelven se sienten las divinas mierdas. Yo los conozco.  Presumidos con dinero, pero, al fin y al cabo, indios.

Cipriano prendió el cigarro y permaneció en silencio.

Quedaba un tramo para llegar al otro lado, ya era poco. Todos se encontraban exhaustos. Nadie pensaba en algo que no fuera quedarse tendido. La inercia que provoca el cansancio. Faltaba poco para llegar.

Cuarenta y cinco personas habían cruzado con vida el río Bravo, habían logrado esquivar la persecución de los federales. Una pareja no corrió con la misma suerte. La mujer se había caído de la balsa. Lentamente fue arrastrada por la corriente. El hombre se lanzó a rescatarla. Hubieran podido detenerse a ayudarlos.

— No hay tiempo, — dijo el coyote, luego de consultar su reloj.

A los de la otra balsa les gritó lo mismo:

— ¡No hay tiempo!

El hombre, con la mujer en sus brazos, miraba hacia las dos balsas. Buscaba a alguien. Se quedó mirando al coyote, con desesperación, con ira… La corriente se los fue llevando. Hubo en las balsas un silencio que registró la complicidad de todos. Nadie tuvo el valor de levantar la mirada.

Luego del paso del río, tenían que caminar varios kilómetros, pero ya todos estaban agotados.

El coyote volvió a consultar su reloj y dijo que tenían tres horas para descansar. Cipriano escuchó un forcejeo. Miró hacia al cielo y se encontró con una luna menguante. Algunas nubes se deslizaban en silencio. En ese momento solo quería dormir.

— ¿Y es cierto que los coyotes se cogen a las mujeres usted? Eso dicen. Yo más creo que ellas se ofrecen. La mayoría que va para allá se dedica a hacer cochinadas para ganar dólares. No sólo indias, también putas.

— Esas experiencias lo marcan a uno. No. Nunca vi que un coyote se cogiera a alguien.

— ¡Coyote! ¿Sabe que hace tiempo tuve un perro con ese nombre?

— ¿Y traficaba personas?

— Ja ja ja, no.  Verá… le decíamos el Coyote y todos los días se levantaba sin importarle el frío o el calor. Era el primero en ir a buscar nuestras cosas y el primero en ir a saludar a mi mamá cuando llegaba a dejarnos el desayuno.

Mi papá lo trajo de lejos el día que fue a vender el toro que habíamos criado durante ocho largos meses. El perro fue nuestra recompensa. Nos dijo que lo cuidáramos. Lo quisimos mucho. Mi mamá también llegó a quererlo como si fuera otro de sus hijos. Usted sabe, sentimientos pendejos que ahora me provocan risa. Como ya le dije, yo también viví entre indios.

A veces, durante los inviernos, eso significa que vivió un largo tiempo entre nosotros, se enroscaba cerca de mi mamá.

Un vecino vino una vez a decirnos que había visto al Coyote pelearse con un perro desconocido y, aunque despellejado, fue el vencedor. Nosotros nos sentimos orgullosos.

Podemos quedarnos a tomar algo aquí, hace calor y es viernes. ¿Una cerveza?

Cipriano asintió con la cabeza y dijo:

— Los coyotes se parecen a los perros.

En su recuerdo el coyote había tomado la forma de un perro sarnoso y viejo.

Los forcejeos continuaron, pero en ese momento él solo quería dormir, cerrar los ojos. Vio la luna. Los forcejeos continuaron. Movió la cabeza hacia su derecha y descubrió al coyote con los pantalones hasta las rodillas. Por un instante deseó tener un arma en la mano: un cuchillo, un pedazo de hierro, la fuerza para levantarse y hacer algo. Sabía que todos escuchaban y miraban furtivamente lo que estaba ocurriendo. A tres metros de él había una adolescente que se mordía los labios, mientras miraba la luna y las nubes seguían pasando en silencio. De sus ojos rodaron varias lágrimas, sin embargo, su rostro parecía una piedra. Otra vez el silencio. ¿Por qué esas lágrimas?

— ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!

El coyote se quedó durante varios segundos con los pantalones hasta las rodillas.

Pero él sabía que, aun tratándose de su madre o de su esposa, no habría movido un solo dedo. Uno emprende estos viajes aceptando todo. Solo quería dormir.

— ¿Usted era un niño?

— No, fíjese, ya tenía esta edad. Claro que era un niño. El vecino nos dijo que el perro con el que se había peleado nuestro Coyote tenía rabia, porque días después apareció muerto de un balazo

Tiempo después encerraron al Coyote. Alguien dijo que había que hacer algo y un día de fiesta se decidieron.

Mis hermanos y yo vimos al perro, ya no reconocíamos al Coyote que se enroscaba a la par de mi mamá, ni al que nos acompañaba al trabajo, pero el cachorro que nos había traído mi papá, aún ladraba en nuestros recuerdos.  Sabíamos que no podríamos hacer nada por él. En ese entonces no había veterinarios, ni se sabía que se podía dormir a un perro.

Mis tíos y mi papá, como pudieron, lo metieron en un costal.

Mi tío, el hermano menor de mi papá, fue por una rama de roble que tenía forma de garrote. Pasó cerca de nosotros, como queriendo disculparse por lo que estaba por hacer. Yo le mordí la mano. Mi mamá me regañó y mi papá me agarró a varejones.

El perro estaba en el costal, a diez metros de nosotros.

Cipriano se bajó del carro y dijo:

— Oiga jefe, he pasado durante años frente a este lugar y nunca se me había ocurrido quedarme a tomar o a comer algo.

— No me diga jefe. Dígame Bob. ¿Echó llave?

— Sí.

— Pues, como le iba diciendo, era un día de fiesta, todos corrían de un lado para otro muy contentos

— ¡Los coyotes del desierto deberían ser encostalados!

— ¿Por qué tanta rabia, usted? Si son los que ayudan a sus paisanos a cruzar la frontera para que puedan ganarse unos dolaritos.

— Solo es una expresión.  ¿Y qué pasó con el Coyote?

— Ah, sí… Mi tío lamentó que no existiera cura. No se podía correr el riesgo de que terminara mordiendo a alguien.

Los familiares presentes estuvieron de acuerdo.

Entonces cayó el primer garrotazo sobre el costal, ¡buc!, y el segundo, ¡buc!, y el tercero, ¡buc!, y otro, ¡buc!, y otro, ¡buc!.

El Coyote era grande, de color amarillo. Solía revolcarse en la grama para anunciar la lluvia.

— Oiga, Bob, eso de que los perros anuncian la lluvia es creencia de indios, ¿no lo cree?

— Creencia de indios o de mapaches, el caso es que nuestro Coyote solía hacer eso, además saltaba de un lado a otro cuando estaba muy contento.

No sé si fueron alaridos o aullidos, pero aquella agonía se nos penetró en lo más hondo del corazón. Lloramos con cada garrotazo. Mi papá nos dijo que fuéramos un poco hombres y que dejáramos de chillar, pero en su voz también había algo que se quebraba.

La agonía del Coyote duró veinte minutos.

En esa fiesta hubo piñata, comida y pastel. Para nosotros fue muy triste.

Ahora que lo recuerdo, ¡puta!, me da risa (quiso decir casi vuelvo a llorar como si fuera un niño).

— De manera que mataron al Coyote.

— Lo mataron a garrotazos.

Cipriano cerró los ojos.

El coyote se levantó y se sacudió los pantalones. Fue hacia un arbusto, se escuchó el sonido de la llama de un encendedor. Después vino el olor a marihuana.

Ella se había quedado con los pantalones más allá de las rodillas, con la ropa interior rota, con la blusa hasta al cuello. Su rostro estaba lleno de arena y polvo.    Hubo un sollozo que se perdió entre el cansancio de los demás.

El coyote terminó de fumar. Dio la orden de continuar. Todos se levantaron. Se miraban entre ellos, en silencio. A ella la miraban de reojo, con esa distancia que se suele tomar de alguien por quien se siente desprecio.

Pero él sabía que, aun de haberse tratado de su propia madre, no habría movido un solo dedo. Pensó en un arma, en un cuchillo, en partirle la cabeza con un hacha, pero sabía que era imposible. De manera que, en esos momentos, se conformó con ver hacia al cielo, lanzarse al cansancio y, en el fondo, sentir odio por el coyote, vergüenza por sí mismo. Sintió que todos se le quedaban mirando.  Nadie había estado tan cerca como él.

— ¿Te arreglás o te quedás allí? — Le preguntó el coyote a ella, que permanecía en el suelo.

Todos se levantaron y caminaron, tomando distancia de ella, sintiendo asco y vergüenza.

— Así deberían de morir, Bob. Los coyotes deberían de morir a garrotazos, lentamente.

Entraron al lugar. Pidieron dos cervezas.

— Después, mis hermanos, unos primos y yo fuimos a un barranco a deshacernos del cadáver de nuestro Coyote.

Cipriano sonrió, imaginando revanchas inútiles con el pasado.

Bob continuó hablando.

— De manera que usted es gringo.

— No.

— Gringo pobre.

— ¿Y usted qué es, Bob?

— Su jefe.

— Pero, aparte de eso. ¿Qué es?

— La autoridad. Con esto, —sacó su reluciente Beretta y la puso sobre la mesa— uno domina al mundo.

Cipriano se quedó mirando hacia una esquina.

— Con eso no se domina al mundo; pero quien comprenda eso, — Cipriano señaló algo escrito a la par de una de las ventanas del lugar — tiene para sobrevivir.

 

MUÑECA DIBUJANDO LA LUNA

(apuntes para una canción)

La mujer es la luna viéndose en el mar,

descubriendo al hombre embarcarse en sus sueños.

La luna piensa, sueña y se desespera:

lo sabe el mar, lo saben sus olas;

lo sabe el hombre y sus siglos de naufragio.

La mujer es la luna viendo nacer al mar.

Un hombre piensa en una mujer.

Una mujer piensa en un hombre.

La humanidad respira, el mundo suspira.

El amor se vuelve arena…

para sobrevivir, el amor se vuelve arena en el tiempo.

 

—  Pendejadas — dijo Bob.

—  Nuestro trabajo es una pendejada.

— Ya va comprendiendo. Con el tiempo irá aprendiendo que matar o morir son meras pendejadas. ¡La cuenta!

— Entre un arma y lo que para usted son pendejadas, me quedaría con las pendejadas.

— Memorice eso, a ver si le sirve a la hora de un arresto. Bien dicen que en la universidad le meten un montón de mariconadas a uno. En la calle cuenta esto —le quitó el seguro al arma y apuntó a la cabeza de Cipriano.

La mesera se les había acercado.

— La factura a nombre de Roberto Ixchiu, ¿verdad?

— Sí.

Cipriano sonrió.

Abandonaron el lugar sin mirarse.

Subieron al picop sin pronunciar palabra.

 

*****

Giovani Coxolcá Tohom. Promesa de la narrativa guatemalteca. Las trampas de la metáfora, su primer libro.

 

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