Contrarreflejos

Contrarreflejos

30 años, después

Regresaste a casa un día lluvioso. El lodo llegaba hasta la mitad de la bota en algunos pasajes y el cielo se cerraba lleno del color de la tristeza. Había frío, aunque las frentes sudaban.

Ibas diferente. Irreconocible. Tan cambiado como la luna cuando mengua y se prepara para nacer de nuevo.

El cielo dio tregua y andando llegó todo el pueblo, mojándose ya solo los pies, hasta el lugar donde volviste a encontrarte con tu tierra que esperaba labrada por vos, ahora con forma de semilla. El pino de tu caja y vos eran uno.

Tu mujer ya casi no tiene lágrimas, ya casi no tiene vida porque treinta años pesan y le pesan más a quienes han llorado la desaparición de la mitad del alma. ¡Mirá sus ojos! Se labró surcos con las lágrimas que se le escapaban a diario por vos.

Tus hijos, ya grandes, serios y silentes adoloridos de cansancio y de destino solo te ven intentando recordar cuando lleno de vida les hablabas, les enseñabas de la tierra y los cultivos, cuando eras lo que ellos hoy aún intentan ser. Tus nietos, con ojos de curiosidad confirman con tus restos las historias aquellas que les han contado hasta el cansancio para que no se olvide tu desaparición, tu dolor, nuestra muerte.

Ya llegaste a la casa. ¿Querés café? Acabamos de tortear. Hay nostalgia y evocación servida en la mesa. Hay eco de tu voz en las paredes. Brazos que se quedaron esperando momentos. Bocas llenas de amor y bendiciones para vos: recuerdo.

¡Pasá adelante!

¡Ya no te vayás!

¡Quedate, esperá!, por los tuyos, quizá haya una segunda oportunidad. Y vos no llorés, mijita. Ya vas a ver como tu papaíto convertido en semilla renace de Uleu con la fuerza del Ajaw y se eleva hasta el corazón del cielo con forma de maizal, con sabor de frijol, con la tibieza del pixtón servido y llega a lo alto confirmando nuestro pasado para los patojos, para que no se nos olvide y no vuelva a pasar.

¡Que descansés en paz dicen el cura y los de fuera! Vos y yo, sabemos que esa paz no existe, que no se ha terminado de construir porque no baja solita del cielo, sino que se labra y cultiva. Son muchos los compañeros que se durmieron con el filo de los machetes y el frío de las balas. Todavía están gritando hechos uno con la tierra, para que extraigan sus huesos y les vuelvan a dar nombre, para regresar a sus casas con la lucha perdida y la indignación en llamas. Falta para la paz, aunque ya se haya jurado y firmado. Pero vos sos, mi razón y la razón de muchos, porque esta historia ni el incienso la limpia, ni la chilca la sana, el fuego correrá siempre dextrógiro en la llama que se encendió desde el primer muerto. El conflicto enmascarado de falsa paz sigue vivo, sigue habiendo pobreza y hambre, siguen las balas, los muertos, los ladrones y los asesinos, los hijos de Uleu siguen muriendo, la verdad sigue callada y falta mucho por luchar.

*******Erivan Campos. Guatemalteca. Comunicadora social.

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