Contrarreflejos

Contrarreflejos

Tonito

Su cuerpo entero cabía en el cuerpo de un niño uno o dos años menor. Ya va para los seis mi Antonio, pero parece de cuatro, repetía la madre cuando explicaba sus porqués. Es que cómo me costó. De chiquitío se lo quité a la muerte, no sé ni cuántas veces. Era obvio, aún sin la explicación, como obvia su desnutrición.

Ese día iba Tonito del brazo de su mamá. El sol les pegaba por la espalda, y por momentos, se creía tan alto como su sombra, tan crecido, casi alcanzando a su mamá. Levantó los brazos… más alto aún, más fuerte aún, más Tono aún.

La avenida del Niño, agitada por el bullicio dulce de niños a esa hora. Resultaba clara la razón del nombre, lado a lado, a todo lo ancho y largo: dos escuelas y tres colegios, abrían sus entrañas para albergar al presente y al futuro del pueblo, y miles de niños de suéteres azules, rojos y grises, entrando a sus segundos hogares.

Tono y su mamá iban en dirección contraria y no es que se equivocaran de camino, es que Tono y su mamá no iban para la escuela, iban al sembrado de ejote donde sus manos pequeñas y sus ojos jóvenes son sumamente útiles para el patrón.

Los cachetes rojos y rajados. La gorra apretando las sienes y la ropa gastada. El corte viejo y el pelo quemado por el sol y en las manos destruidas, un conejo, sucio de viejo, que va moviendo las orejas al compás de los pasos, va saltando entre el presente y el futuro, va sonriendo con su boquita de hilo, va llevando a Tono a la escuela en su imaginación.

Los niños salen de las escuelas a las doce. Tono sale del campo a las cinco. Un día quisiera trabajar menos, tan poquito como los patojos de la escuela. Juega a imaginar que la vida le sonríe con una boca de hilo.

****Erivan Campos. Comunicadora social.

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¿Tiene tiempo para quedarse?

¿Tiene tiempo para quedarse?, preguntó ella. Sí, no tengo reloj, respondió él. Es que hacía unos días que había extraviado el teléfono celular, o se lo habían hurtado en el bus lleno de gente en el que viajaba; no estaba seguro. Seguía preguntándose si lo había dejado caer.

Y cuando ella le preguntó cuánto tiempo llevaba esperándola en aquella sala oscura y solitaria, él no supo responderlo, porque no lo sabía.

Ya llevaba varios días con esa sensación rara de no saber la hora, algo difícil para quien siempre va tarde.

Y la espera en esa sala fue de lo más raro. Estaba y no estaba solo.

Cuando la empleada doméstica, quien la primera vez no lo dejó entrar, en esta segunda ocasión lo guió a la sala y le ofreció algo de tomar (¿té o café). Él por supuesto pidió un café.

Con la empleada doméstica por delante, atravesó el corredor que iba de la puerta de entrada hasta la sala, pasando por el comedor y las gradas y, en la penumbra trató de decidir cuál era el sillón adecuado para sentarse a esperar. Optó por el de una plaza, junto a la chimenea (apagada), y notó que por ahí andaba un gato paseándose como por su casa, lo cual era natural puesto que lo era.

Ya sabía que no le gustaban los gatos, pero ahora comenzó a tomar más clara conciencia del porqué. Le parecía extraño que el animal (¡ese!) se encontrara tan a sus anchas exactamente en un momento en el cual, él, nuestro protagonista, el hombre acerca de quien escribo, se encontrara tan a sus estrechas. Su mente comenzó a elaborar un silogismo categórico:

  • Todos los escritores aman a los gatos.
  • Yo no amo a los gatos.
  • Conclusión:Yo no soy escritor.

Con lo mal elaborado que estaba el silogismo se le ocurrió que bien podía enunciar otras conclusiones, las cuales (por mal planteadas) fueran también erróneas; pero en la práctica, de ninguna manera falaces:

Conclusión A: Yo no soy un gato.

Conclusión B: Yo no amo a los gatos.

Conclusión C: Yo no amo a los escritores.

Conclusión D: Yo no escribo y por ello no amo a los gatos; si los amara, entonces sí que escribiría. Y podría escribir que amo a los gatos y a los escritores, o podría amarlos, pero siempre escribiéndolo; que aquí hay dos requisitos incondicionales (¿o serán términos? ¿cómo es que les llamaban en la clase de lógica?): los gatos y escribir.

Llegó entonces a la conclusión no enumerada: ¡tenía que escribir!

Y entonces recordó el café que había pedido (ni que fuera cafetería para ordenarlo; qué autoritario puede ser esto de los cafés: ya habrá gestas revolucionarias y democratizantes), volvió la mirada al comedor, el cual estaba junto a la cocina, y lo vio, sentado a la mesa, frente a una laptop: otro hombre (qué Robinson Crusoe en su isla desierta, ni qué…).

Había estado sentado ahí, en la penumbra, todo el tiempo, mientras él, nuestro protagonista, atravesó el pasillo. Le pareció extraña la situación. Y lo primero que se le ocurrió, al verlo, fue acercarse a la mesa y saludarlo. Y así lo hizo.

Descendió las tres gradas que llevaban de la sala al corredor, y se acercó a la mesa y se presentó, y asimismo el otro. Tras esto, decidió volver a la sala, al sillón uniplaza. Porque educado podía ser, pero no excesivamente comunicativo. Además, el otro se veía ocupado. Y, por último, también, porque tomó conciencia más clara de otra cosa: la necesidad de su propio espacio, de su propia soledad, de su propia libertad. No había venido a esta casa para hablar con un tipo desconocido (y, siendo honestos, no le interesaba cambiarlo a la categoría de “conocido”; más vale buen desconocido que mal conocido por conocer. Sin mencionar que a muchos malos conocidos sería bueno desconocerlos bien), ni con la empleada doméstica, ni menos aún con el gato.

Hablando del cual, andaba haciendo de las suyas. De las de un gato, pues. Brincando de un sillón al otro, dando muestras de un gran talento acrobático y crispándole los nervios a nuestro protagonista.

En éstas estaba cuando llegó la empleada doméstica con la taza de café y la azucarera y los colocó, claro, en la mesita para café. Con el café servido y tras un gracias y el sucesivo mutis de la mujer, nuestro protagonista decidió cambiar de sillón, reacomodando taza y azucarera, porque quería leer y la penumbra sólo se interrumpía cerca de una ventana que daba al jardín.

El gato se acercó a las piernas de nuestro protagonista, esperando la obligada caricia, que no se dio; en vista de lo cual, se subió a sus piernas para aumentar la presión, pero ni así cedió nuestro héroe a las demandas de afecto gatuno.

Así, teníamos tres personajes: la empleada doméstica, en la cocina, preparando la cena, dejando constancia de su existencia por el sonido que producía cuando cortaba verduras con un cuchillo; el tipo desconocido, en el comedor, quien leía silenciosamente en la laptop; y el gato, quien no sólo manifestaba su existencia, sino que exigía un no tan tácito reconocimiento acerca de ella.

Y yo, que soy nuestro protagonista, yo no me cuento como personaje, aun cuando lo sea. Yo me veo más como un observador vivencial. Tenía que interactuar con los personajes en esta casa en penumbra para ser poco más que un fantasma.

Entonces fue que entró ella, tarde como siempre, y me preguntó, ¿lleva esperando como media hora? ¿tiene tiempo para quedarse?

***Julio Enrique Pellecer Solórzano. Estudiante Lic. en Letras, jornada nocturna, departamento de Letras, facultad de Humanidades, USAC. Integrante del Consejo Editorial revista Espacio L.

 

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