Contrarreflejos

Contrarreflejos

escritura-terapia

 

Sección a cargo de Pablo Salvatierra


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Caminaba por la calle, sin rumbo. A veces se tropezaba. Otras, buscaba entre la gente un rostro conocido, alguien que le dijera… bueno; ya no importa. ¡Y allí estaba! Debía empezar de nuevo, sin nada. Todo se pierde en un segundo. Había adelgazado. Su pelo presentaba algunas canas. Su cara larga, con una nariz perfilada y en sus ojos cafés se puede ver la tristeza y se pregunta: ¿se puede empezar a vivir a los cuarenta?

 

Sylvia Margarita Carpio Alarcón. Estudiante, jornada nocturna, departamento de Letras, facultad de Humanidades, USAC.


 

Café

En esta noche fría y lluviosa lo único que puedo hacer es tomar un buen café, leer un buen libro y pensar que mañana será un día diferente para disfrutar y seguir viviendo en esta realidad que nadie quisiera vivir, llena de incertidumbre y desolación.

 

Lisbeth Gabriela Vásquez Sosa. Estudiante, departamento de Letras, jornada nocturna, facultad de Humanidades, USAC.


Hijo

Era una noche oscura y el reloj marcaba las diez. Tenía el lápiz en la mano y, temblando, comenzó  a escribir. No sabía lo que hacía. Sus ojos tenían una lágrima que rodó por su mejilla. Su corazón palpitaba como un redoblante ¿será el miedo? ¿sus nervios? Le llevé el café a su escritorio, sus ojos me observaron intensamente y me dijo te amo, hijo. Y suspiró.

 

Kevin Josue Santizo Mejía. Estudiante, jornada nocturna, departamento de Letras, facultad de Humanidades, USAC.


Las manos

 Son el reflejo de la actitud de una persona. Son el camino para conocer tu fortaleza. Son la experiencia de vida.

Las manos son el sentir de una persona. Son el deleite de crear. Son la dulzura del alma. Son la exactitud al crear.

Las manos son el poder de tu alma y cuerpo. Son naturaleza y esperanza. Son el pañuelo de tus ojos. Servilleta de tu boca. Movimiento de tu pensar. Conductos de energía. Son la caricia que te alienta. Son la visión del mundo. Conductos sanguíneos. Apoyo al caer. Equilibrio del cuerpo.

Wendy Stephany Godoy Alvizures. Estudiante, I semestre, departamento de Letras, jornada nocturna, facultad de Humanidades, USAC.


Sueño

He estado aquí por varios días, recordando el atardecer donde nos juramos tanto. Aquella penumbra que sentimos tú y yo cuando todo se iba desvaneciendo en las largas o pocas charlas en el sendero que nos iluminaba. Cuando te escribía un te quiero sincero o simplemente el silencio de nuestras sonrisas era suficiente para ser feliz. Ahora estoy nuevamente en este paisaje, viendo cómo todo ha cambiado, donde finalmente puedo decir que eres un sueño perdido. Siento aún el vacío que permanece en mí y la nostalgia de saber que te has ido lentamente para no volver más.

Dulce María Guadalupe Ciragua Leovin. Estudiante departamento de Letras, jornada nocturna, facultad de Humanidades, USAC.


Perla Blanca

— ¡Nunca te faltarán amores! — le dijo Chino a Mariana. Y la verdad es que tenía razón.

Su tez blanca como la leche, sus ojos verdes y su pelo castaño claro no pasaban desapercibidos, contrastaban con las viviendas a medio hacer, las pistas sin asfalto y los cerros llenos de casas de esteras.

Ella era una gringa que vivía en la ceja de selva, una zona llena de riquezas naturales, con árboles de hojas tan verdes como sus ojos, pero de una gran pobreza. La gran ciudad era el imán para todos los provincianos que deseaban tener una vida mejor y Mariana no era la excepción. Por eso ahora estaba en Lima, en Canto Grande, en el desierto, viviendo con la familia de su hermana en una casa que ni siquiera estaba totalmente construida.

Mariana sentía una especie de sentimiento paradójico: por un lado, ella, al ser una gringa de ojos verdes, era considerada por ciertas personas como una “pituquita[1]; odiaba que le dijeran eso, una molesta sensación atravesaba su ser cada vez que escuchaba esa palabra, le parecía una ironía, una crueldad ya que su situación económica era igual -y en algunos casos peor- que la de ellos.  Además, ella no se sentía superior a nadie. ¿Por qué? Al parecer el querer sentir que pertenecía a algo era más fuerte que el querer sentirse superior a alguien.

– ¡Todos somos cholos [2]! – decía constantemente como una especie de frase mágica que le serviría para ser aceptada.

Recordó aquella vez que, aprovechando que tenía unos cuantos soles, fue a Miraflores. Paseaba por las calles sintiéndose una especie de paria, sin saber dónde ubicarse; allá los vio, blancos como ella, con buena ropa, buen porte, riendo. ¿Cuál era la diferencia con ellos? ¿El color de los ojos? ¿El de la piel? No… La plata. ¿De qué le servía ser gringa si no tenía eso tan importante? ¿Quién era en realidad?

Yo no soy sobrada, quiero llevarme bien con todos.  Yo también soy chola, yo también soy chola- se repetía constantemente.

Tal vez ese mundo no es el mío, tal vez yo debía nacer aquí con ellos y ser una pituquita de verdad, pasear por Larco, tener amigos en el Regatas y estudiar en el Markham o en el Humboldt. Pero no. Ella había nacido en la ceja de selva, muy lejos del Markham, del Humboldt y del Regatas, entre pájaros y árboles y en medio de la pobreza. Cuántas veces había escuchado:

 —Tienes suerte de haber nacido gringa—. En muchos aspectos le reportaba ventajas, pero no para fortalecer su identidad. Pensó en la clase de hombres que pudiera tener si ella no fuese pobre, pensar que ella podría estar con uno de esos chicos, pero no, aunque claro, ella no tuvo problemas para tener enamorados en su barrio, sobre todo del grupo juvenil de la parroquia cercana. Los nombres de Juan Carlos, Julio y Gabriel le venían a la mente. Sonrió. Ellos fueron lindos, tenía

gratos recuerdos, pero aun así de alguna manera estos chicos eran diferentes, parecían distantes, tan seguros de sí mismos y además tan simpáticos. Se imaginaba paseando con uno de ellos, caminando agarrados de la mano por Barranco, abrazados en el parque del amor, sintiendo que ambos pertenecían al mismo mundo.

Se hace tarde, el sol cae, se oculta tras el mar y es hora de tomar la couster que la llevará a Canto Grande, a su barrio, ¿su barrio? Sí, lo era. Miraflores era sólo una ilusión. Camina hasta el paradero, deja atrás el sol que se oculta detrás del mar. Al menos por unas horas se sintió parte de eso, parte de ese paisaje urbano de clase media alta. Sube a la couster, es la línea 24 B porque la 24 A la deja muy lejos, y ya ha caminado mucho por ese día, el polvo arruinará sus zapatillas nuevas. Poco a poco avanza el carro, y ve cómo deja la Lima urbanizada y el paisaje clasemediero. Saca su mp3, se pone los audífonos, sintoniza una emisora de radio, encuentra una canción que le gusta y comienza a tararearla:

– “Un día es un día y no quiero volver a casa, tan pronto, tan pronto como otros días”.

 

[1] Es el diminutivo de pituca(o) que es el adjetivo que en Perú se usa para la gente de clase media y sobre todo alta, generalmente de ascendencia europea.
[2] En los países andinos, la palabra cholo hace referencia a las poblaciones originarias de los Andes y a sus descendientes mestizos en los entornos urbanos.

 

Wilmer Mejía Carrión (Lima, Perú, 1981). Antropólogo por la universidad Nacional Federico Villarreal. Desde temprana edad ha mostrado especial interés por la literatura, especialmente por la narrativa. Desde los 9 años vive en San Juan de Lurigancho, escenario de la mayoría de sus cuentos.


*Imagen tomada de http://psicocode.com/psicologia/la-escritura-como-terapia/

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