Contrarreflejos

Contrarreflejo, Contrarreflejos

Heidy García

AUTORA: Heidy Elizabeth García Herrera.

NACIONALIDAD: guatemalteca.

FECHA DE NACIMIENTO: 25 de febrero de 1985.

PROFESIÓN: maestra.


EL ESPEJO

Sobre un pequeño desván sucio, maloliente y olvidado, se encontraba un viejo espejo con apariencia de haber tenido mejores años. El polvo cubría la mayor parte de sus piedrecitas y adornos dorados que daban la impresión de su pasado esplendoroso. Un gato que caminaba por ahí lo golpeó con su cola. El espejo sintió como despertaba del sueño de muchos años. Sintió una montaña rusa en el estómago. Al caer, se percató de cómo el cristal se desprendía poco a poco de su bella armazón dorada. En la agonía, recordó como su antigua compañera acariciaba suavemente sus cabellos frente a él. En su último aliento, completamente destruido, lloró. Pasaría mucho tiempo para que alguien lo rescatara.

CREANDO VIDA

Una anciana paseaba por un lugar seco y desolado. Tierra árida y quebrada por el sol. Sus pies descalzos tocaban el grueso polvo de aquel lugar olvidado. La tierra, entre las uñas, rasgaba y hería sus pies. Se agachó y, mojando la punta de sus dedos con saliva seca y gelatinosa, bendijo el lugar.  Su cabello blanco se enredó en un cactus. Arrancó su mechón y continuó su camino.

Al caer la tarde, el cabello cayó; el viento lo hizo rodar hasta alcanzar el rastro de saliva que había dejado la mujer atrás. Extrañamente, comenzó a llover. Las pequeñas gotas se fusionaron con el rastro de saliva sobre la tierra seca. El mechón se internó dentro de las pequeñas grietas que el sol había provocado durante años. Se enraizaba a la tierra, abriéndose paso entre las capas. Crecía, tejiendo unas pequeñas fibras entre las piedrecitas, apartando a los gusanos.

Lentamente, las raíces de cabello se volvieron frondosas, reventando la superficie de la tierra.  Una pequeña rama, grisácea, crecía lentamente, para convertirse en flor.

DESPUÉS DE LOS ESCOMBROS

Varios años atrás, Lucía se había casado, y poco a poco había olvidado las aventuras en casa de sus padres. Su madre había muerto de una extraña enfermedad.

Una tarde, Lucía se sintió sola y decidió visitar a su padre, a quien no veía desde aquel penoso incidente. No lo encontró, había salido hacía unas horas a dar una vuelta. Lucía entró en la casa que ya no reconocía. Las paredes ya no tenían el brillo que las caracterizaba. Su padre, al sentirse solo, había tapado cuadros y muebles con algunas sábanas viejas. Parecía abandonada.

Subió la gigantesca escalera hacia el segundo nivel, dirigiéndose a su vieja habitación. Aún había restos de calcomanías y posters pegados en la puerta. Abrió cuidadosamente la puerta. Rechinó. Hacía años que nadie entraba. Estaba oscuro. Como pudo, caminó entre las cajas, y las muñecas sucias y despeinadas.  Se sentó sobre la pequeña cama empolvada, se quitó los tacones y los tiró, y subió los pies para sentir los antiguos resortes. Se levantó poco a poco y al estar de pie saltó como nunca se lo habían permitido en su vida. Sintió que sus mejillas se calentaban y que su temperatura aumentaba. Descargaba años de frustración. Se sentía libre: para buscar, encontrar, seguir, sentirse libre. Cerró tan fuerte los ojos que sintió volar. Cada vez más vulnerable, cada vez más completa.

Sus ojos encontraron paz. Al abrirlos, se dio cuenta que estaba en medio de una gran nube de polvo, que se mezclaba con las lágrimas gordas. Ya no luchó, ni saltó, simplemente se dejó ir. Cayó suavemente hasta sentir que el resorte se encajó en su espalda. El techo marfil daba vueltas. Enjugó las lágrimas. Sintió un gran alivio. Toda esa carga y dolor habían salido del cuerpo.  Se sentía liviana y fresca. Se sentó nuevamente sobre la cama; respiró. Vio todo con otros ojos: de amor y recuerdo. Se puso nuevamente los tacones. Salió.

Nunca más regresó, nunca más lo volvió a ver. Pero ahora su corazón estaba en paz.


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