Contrareflejos

Contrarreflejos

La playa en invierno

Por: Elser Molinamar-2

La otra noche volví a soñar con la playa en invierno. Aquella playa donde pasé mi niñez. La suave brisa acariciaba mi cara y dejaba un regusto salado en mis labios. Era la caída de la tarde y ya empezaba a refrescar, no tardarían en llamarnos para recogernos ante el fuego crepitante de la chimenea.

Con un ligero estremecimiento de frío me cerré el cuello del abrigo mientras observaba cómo Jaime arrojaba guijarros al agua, mientras reía y palmeaba, viéndolos saltar sobre la superficie como peces que soñaron con nadar en el cielo y solo conseguían caer una y otra vez al mar.

El sol se iba ocultando tras el plateado horizonte lanzando destellos rojos y violetas. Jaime y yo volvimos a sentarnos sobre la arena, como todos los días, para contemplar aquel espectáculo de luz y color causado por el sol agonizante que hace un último intento para que su luz no se apague al ser tragado por el mar.

Aquella visión nos parecía maravillosa a nuestros ojos jóvenes y quedábamos contemplándolo extasiados hasta que desaparecía y la negrura salpicada de estrellas hacía acto de presencia. Oímos a lo lejos la voz de nuestras madres llamándonos y amenazándonos con no cenar si nos retrasábamos. Nos alejamos de la orilla del mar saltando y riendo.

En ese momento el sueño terminaba bruscamente. Abrí los ojos hacia el techo descascarillado de mi habitación. El reloj hacía sonar su insistente tonadilla burlona recordándome que debía empezar otro día de mi monótona existencia. El agua fría del lavabo me aguijoneaba la cara despabilándome y haciendo desaparecer las últimas nubes de sueño. Me esperaba un tazón de café humeante, aromático y… negro como mis pensamientos. Dejé a un lado las galletas pasadas e insípidas y bebí deprisa el café quemándome los labios.

En la calle todo era gris. El sol era una esfera pálida de aspecto enfermizo distorsionada por una capa de polución. Emprendí mi camino por la acera resbaladiza llena de escarcha y con numerosas marcas de pisadas. Anduve por calles sucias y grises entre edificios grises… hasta las personas parecían grises.

Apoyado contra una pared un náufrago extendía la mano temblorosa y suplicante pidiendo que le salvara de ahogarse en aquel rincón. Al pasar junto a él apresuré el paso para evitar su contacto. Sentí ganas de llorar.

Entré en la vieja Facultad y achacosa por el paso de los años, oscura y maloliente. Me encaminé junto a un montón de autómatas que, como yo, se enfocaban hacia las grandes y frías aulas en las que pasaríamos una mañana entera sin otra luz que la de los antisépticos tubos fluorescentes, observando una gran pizarra en la que un individuo, que llevaba una bata blanca para ocultar su propia suciedad interior, escribía signos sin sentido y ajenos a nuestra realidad. Recordé de nuevo la playa en invierno. Sentí ganas de llorar.

Soporté la mañana como pude sumido en mis propias reflexiones, rodeado de otras mentes que, como la mía, estaban encerradas en su propio mundo. De fondo se oía la voz monótona de aquel que clamaba en un desierto lleno de seres indiferentes muertos antes de nacer.

Al salir de la Facultad el cielo estaba más plomizo que antes. No tardó en caer una lluvia negra como el pez cargado de inmundicia como una herida que supura. Me embocé en mi abrigo intentando evitar todo contacto con aquella suciedad que en modo alguno se parecía a la límpida lluvia que caía sobre la orilla del mar. Lluvia que solo olía a refrescante humedad.

Volví a pasar por aquel rincón y vi al náufrago tendido inerme mientras la lluvia le ensuciaba la cara. Sin duda se había ahogado. Nadie le tendió una mano, preocupados por mantenerse a flote en aquel oscuro mar de ladrillo y asfalto. Yo tampoco le ayudé. Sentí ganas de llorar.

Llegué al sitio que, sin serlo, llamaba mi casa. Ni siquiera comí, el recuerdo del náufrago no me dejaba…

Abrí un libro, ¿cuál? No me importaba, todos me eran indiferentes. Me puse a leerlo mientras la luz del flexo me quemaba las pestañas. Así transcurrió la tarde hasta que agotado y con asco me acosté a dormir.

Y volví a soñar con la playa en invierno.

Pero esta vez fue diferente, la playa se veía muy lejana, cubierta por una fantasmal bruma. Yo caminaba hacia ella, pero parecía alejarse de mí. Oía la voz de Jaime que me llamaba. – ¡Ven! – me decía – ¡Vuelve conmigo! ¡Juguemos como hacíamos antes! -. Yo no podía verle, corrí en todas direcciones confundido sin saber dónde iba. La voz de Jaime cada vez era más insistente, le oía suplicar y llorar, pero no podía llegar hasta él. Por último, caí de rodillas agotado de desesperación.

¡Y entonces desperté!

Al abrir los ojos mi actitud cambió por completo. Decidí abandonar la ciudad gris y deprimente. En adelante las aulas contarían con un autómata menos que nadie echaría en falta. Me rebelé ante la idea de ahogarme entre la suciedad y el egoísmo como aquel anónimo náufrago. Me iría a la playa de mi infancia a contemplar otra vez el cielo azul y limpio y a respirar otra vez aquel aire húmedo y salado. Nada me lo impediría, ni yo lo habría permitido.

Abandoné la casa sin ninguna sensación de melancolía, ni siquiera me paré a mirarla una última vez.

Subí a un vagón oscuro y maloliente lleno de gente apática y con la mirada vacía. Ninguno reparó en mí, todos estaban muertos, corruptos, sin esperanza, la habían perdido hacía mucho. Pero yo tenía esperanza. A pesar de la incomodidad de los asientos y el ambiente cargado me acomodé lo mejor que pude y esperé con expectación a que el tren se pusiera en movimiento.

El viaje transcurrió lento entre monótonos traqueteos y fantasmales paisajes que desfilaban por la ventanilla. La gente dormitaba en sus asientos o miraba al vacío ensimismada en su propia melancolía. El trayecto fue largo, muy largo… Sin duda me dormí porque el estridente sonido de la sirena me despertó de un sobresalto.

El tren había llegado a su destino. Cogí atolondradamente mi escaso equipaje y me encaminé con precipitación hacia la salida.

ocasos

Lo que apareció ante mi vista me desconcertó. Aquel no era el pequeño pueblo de pescadores de casas pequeñas y humildes que yo recordaba, todo era completamente distinto. Allí había una gran concentración de edificios apiñados que ni siquiera dejaba ver la orilla del mar. Grandes hormigueros de hierro y cristal que, como un gran predador, había devorado el pueblecito de mi infancia. Donde antes había un hermoso litoral de limpieza, paz y ternura, sólo quedaba aquel gigantesco túmulo funerario en memoria de la vanidad de una humanidad muerta.

Con una angustia que me atenazaba la garganta crucé rápidamente lo que antaño fue mi pueblo dirigiéndome a la orilla del mar. Lo que mis ojos vieron fue desolador. Aquella maraña de edificios llegaba casi al borde del agua, apenas dejaban treinta metros de playa toda ella llena de desperdicios. La arena ya no tenía aquella blancura inmaculada que yo recordaba, sino que era de un pardo enfermizo con pústulas negras de alquitrán. ¡Y el mar!, aquello era lo más triste, ya no tenía aquel color azul brillante y cristalino, ya no iluminaba los ojos ni inflamaba el corazón. Era una masa opaca con despojos flotantes que lentamente eran depositados en la orilla corrompiendo cada vez más la poca playa que quedaba. El mar ya no me susurraba aquellas historias de países lejanos, tesoros ocultos y bellezas que guardaban sus profundidades, no, lo único que alcanzaba a oír era un lúgubre lamento de agonía que desgarraba mis oídos y me hundía en la desesperación.

Esta vez no pude resistir mis deseos de llorar y tumbado sobre la arena mis lágrimas corrieron por mis mejillas cegándome la vista.

No sé el tiempo que estuve así, sólo sé que permanecí sumido en sombríos pensamientos hasta que noté una mano que se posó en mi hombro. Me incorporé con curiosidad y, parado delante de mí, había un muchacho pequeño y delgado.

Su cara morena de ojos oscuros y expresivos me miraba con una pícara sonrisa. Su pelo negro y abundante caía en mechones descuidados sobre su frente. Sus ropas, viejas y gastadas, pero limpias indicaban que era hijo de un pescador pobre pero honrado. Iba descalzo y llevaba una ajorca dorada en uno de sus tobillos que reconocí tan rápidamente como al propio muchacho. ¡Era Jaime!, tal y como lo recordaba de niño. La ajorca se la había regalado su madre al cumplir los ocho años, y allí estaba mirándome con despreocupación y sonriéndome. Más no era posible, hacía más de diez años que lo vi por última vez, además ¡sabía que había muerto hacía dos años en un accidente de tráfico!

-Sí soy yo- me dijo como si hubiera leído mis pensamientos – ¿De qué te sorprendes? Me fui a vivir muy lejos como hiciste tú, y al igual que tú he vuelto, en realidad mi alma siempre estuvo aquí. Pero, no importa, de nuevo nos volvemos a encontrar. A ninguno de los dos nos gustaba ese mundo loco y cruel que otros habían hecho sin pedirnos permiso, por eso tú y yo hemos vuelto a nuestro propio mundo, el que nos pertenece. De nuevo somos niños y así viviremos para siempre-.

Seguidamente señaló hacia el mar y me dijo –Ven conmigo, en la otra orilla está nuestra playa y allí nos esperan nuestras madres para cenar, ¿no las oyes? -.

Efectivamente oía la voz de mi madre en la lejanía del mar llamándome de nuevo y advirtiéndome que me dejaría sin cenar si me retrasaba. Me levanté y ambos nos encaminamos hacia la orilla cogidos de la mano y riendo. El sol ya se ponía y sus últimos destellos e apagaron cuando llegamos al borde del agua. Poco a poco fuimos adentrándonos en el mar. El agua estaba tibia y agradable y me iba cubriendo cada vez más hasta que tapó mi cabeza, para mi sorpresa no dejé de respirar. A pocos metros estaba la otra orilla y no lejos se divisaba mi casa con la luz de las lámparas saliendo de las ventanas y mi madre me esperaba en la puerta. Jaime y yo nos alejamos de la orilla del mar saltando y riendo.

Probablemente al día siguiente encontrarían mi cuerpo ahogado flotando sobre las turbias aguas, pero ya no importaba, como decía Jaime había vuelto a mi hogar y de nuevo era feliz.

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